Valorada rutina

Por GABRIELA CHAMORRO.

Para mí amanece a las seis.

En invierno cuesta por el frío y la noche cerrada pero ahora que los días empezaron muy de a poco a alargarse cuesta menos.

Después de despertar a Julieta y luchar por que se levante Facundo – digo que se levante, porque creo que despertar, despertar, se despierta hora y media más tarde en medio de alguna clase- reparto chicos en el colegio y llego a la soledad de la oficina.

El ritual es siempre el mismo, sintonizo a Petinatto para que las noticias del día se vistan de una cuota de cinismo y humor y no parezcan tan terribles y abro mil ventanas en internet buscando las primicias que subiré en cuestión de minutos al portal de noticias. Elijo las fotos, corrijo el texto pero todo con la adrenalina y la velocidad que lo efímero de la información exige. La verdad es que, por más que lo intente, en cuestión de minutos las notas envejecerán y quedarán desactualizadas.

Mientras con placer imagino a alguien leyéndolas desde alguna computadora, desde la casa o desde el trabajo la mañana transcurre entre cafés cortados, mates, tés saborizados… miles de litros de líquido que ingiero en invierno para combatir el frío y en verano para hidratarme.

Al mismo tiempo voy salpicando el trabajo con mensajitos en el facebook con amigas y amigos conectados para ponemos al día sobre cuestiones de actualidad y chusmeríos varios

Descripto así puede parecer aburrido o monótono. Pero la verdad es que adoro las rutinas de mi día, valoro todos y cada uno de esos momentos repetidos que, con los años disfruto cada vez más.

Quizás es porque me parece mentira que a 25 años de haberme recibido de periodista tenga la bendición de seguir trabajando de lo mío y de encontrar satisfacción y alegría en ello o porque cuando ya cansada, le digo a Facundo por octava vez que se levante me mira con esos ojos celestes enormes y se me vuelve a caer la baba de la misma forma que cuando me lo pusieron en mis brazos en la Sala de Partos.

Y de alguna manera pienso en cuánto me caló hondo Antoine de Saint-Exupéry en su piel del Principito, allá, por los diez u once años cuando me dijo al oído, con voz de niño, mientras yo me encontraba en la comodidad y abrigo de mi cama:

«No hay casualidad
sino destino.
No se encuentra sino
lo que se busca
y se busca lo que
existe en lo más
profundo del corazón»