Sensación térmica

Por GABRIELA CHAMORRO.

No es que yo tenga una profunda vocación ecologista aunque debo decir que por supuesto me preocupa, y mucho, las agresiones que sufre el planeta y sus consecuencias, pero lo cierto es que ni por una cosa ni por la otra sino por el frío de muerte que tuve estos últimos días me sumergí en internet en busca de una explicación científica y racional a ese estado de adormecimiento mental y físico y ganas tan solo de estar metida bajo cinco mantas.
Dicen, que como consecuencia del calentamiento global, la temperatura de la Tierra sube en forma lenta pero sostenida y sólo en Argentina aumentó un grado durante el último siglo. El promedio de catorce modelos climáticos prevé un incremento de 1,5 grados más para el año 2030 en el norte del país -donde las zonas de calor se harán más severas-, y de 0.7 grados en el extremo sur.
Datos, estadísticas, proyecciones, sentencias, pronósticos todos desalentadores y casi letales no lograron que yo entrara en calor. Bah, debo decir que mi temperatura solo subió un poco, pero de terrible envidia, cuando me enteré que los científicos, especialistas y profesionales del tema se están reuniendo estos días…. en Río!!!!!!
Así en estos fríos días de invierno mi vida transcurre durante la mañana sentada en una computadora con polera de lana y guantes- cosa que me dificulta bastante el uso del teclado y del mouse- pero ya me estoy convirtiendo en una profesional de este nuevo arte, sumado al consumo de litros de te, café, mate y cualquier infusión caliente.
Por la tarde ya se complica porque a pesar de prender estufas y cerrar puertas y ventanas no aparecen las ganas ni de limpiar, ni de cocinar, ni de planchar, menos de tender ropa, y solo ingiero carbohidratos mientras sigo leyendo que por el bendito calentamiento en las últimas décadas una tundra del ártico se convirtió en un bosque; el nevado boliviano Tuni Condoriri, en Bolivia se está derritiendo y a raíz del cambio del ph del océano no se sabe si bichitos y plantitas vivirán mucho tiempo más y no puedo entender entonces como fue que el Artico se trasladó de golpe a mi barrio y mi casa cada vez se asemeja más a esas enormes cámaras frigoríficas donde están colgadas las reses esperando que las recuesten con cuidado en una parrilla al calor de las brasas.
Odio el invierno, detesto el frío, aborrezco caminar como la momia de Titanes en el Ring y vestirme como una cebolla encimando medias, calzas, pantalones, desprecio con toda mi alma la escarcha y la neblina y cuento los días como un preso para que se vaya el invierno y hasta cometo el horror de sintonizar Crónica TV para que aparezca esa maravillosa placa roja que anuncie ¡¡¡¡Faltan 122 días para la primavera!!!!!!