Tarde de plaza

El llegó con su mujer y sus dos hijos en su imponente camioneta importada.
Le costó estacionar en la cuadra de la plaza pero justo cuando se estaba por ir, se hizo un lugar. La manzana estaba repleta de chicos, es que por fin había salido el sol, después de tantos días de frío y los nenes de todas las edades iban sucios de arena de acá para allá. Trepaban hamacas, hacían juegos de acrobacia y, cada tanto, alguno tropezaba irrumpiendo en llanto. Un “sana sana”, un beso cariñoso, un soplido en la herida más una sonada de mocos al paso solucionaba en un par de minutos el trágico accidente.
Mamás y papás atentos y solícitos completaban el cuadro mirando entre expectantes y orgullosos los progresos y logros como el de esa pecosa que no podía tener más de cuatro años y se impulsaba sola en la hamaca con cara de triunfo o ese de rulitos con cara de salvaje que, tras aguantar más de tres minutos ininterrumpidos agarrado de los pies del barral, boca abajo, batió su propio récord y el de su hermano mayor y se dispuso a saborear su reto burlándose de él con un óle óle, óle óle!!!!!
Sofía y Renata hacía más de media hora que seguían de rodillas con sus lupas una hilera de hormigas con rumbo desconocido.
Y mientras nadie necesitaba más que de piernas, de brazos,
de ganas, de gritos, de ingenio y de energía, él seguía sacando de su camioneta importada todo lo que creía que sus hijos necesitaban para divertirse: un skate Element, un lond bord, dos bicicletas cromadas con cambios, sospechosamente grandes para chicos tan chiquitos, la filmadora, y un aparato extraño, que, pasados los quince minutos de despliegue escénico resultó ser un modernísimo inflador portátil.
Y mientras todos seguían riendo y disfrutando los dos pobres chicos resignados esperaron y esperaron infructuosamente que el aparato de última tecnología echara aire por algún lado.
La ira del padre fue en aumento al unísono con la cara de susto de los pobres hijos que, de reojo, no entendían como, el resto de los chicos, podían divertirse tanto… si no tenían nada…
La tarde terminó con puteadas a los chicos, a la mujer, al destino y tras otro quince minutos de mudanza de todos los elementos al baúl de la camioneta. Luego él tuvo la maravillosa idea de consolar a la familia y a sus aburridos hijos con una visita al local de comidas rápidas.