Libertad de expresión

Por GABRIELA CHAMORRO.

La primera apareció poco después de cumplir los treinta. No me preocupé, porque era casi imperceptible.
Fue después de que nació mi tercer hijo. Los días para esa época eran largos… muy largos. Amanecía con el primer llanto a las 5.00 AM y entre el trabajo, la casa y las dos hermanas – que eran mayores en relación a él, pero muy chicas en lo que hace a su independencia- recién me acostaba cerca de las 24.00
Apareció cerca de las comisuras de los labios, me corrijo… aparecieron, porque eran dos: simétricas, invisibles cuando dormía pero incipientes cuando hablaba y muy muy llamativas cuando reía.
Eran arrugas de asombro, de alegría, de conversaciones sobre ellos, sobre sus travesuras, sus progresos, que se acentuaban cuando- pegada al lado de la sillita de comer- les hacía todo tipo de morisquetas para que terminaran el plato.
No me molestaron y, hasta los 40, que me regalaron mi primera crema anti-age, las maté con la indiferencia… si existían, yo hacía como que no me enteraba. Y eso, que un tiempo antes apareció la segunda. Esa no era lo que se dice “estéticamente aceptable” porque se alojó entre mis dos cejas y se quedó ahí, muy cómoda marcando mi preocupación, mi enojo y a veces mi tristeza. Yo siempre digo entre mis conocidos que, junto con las primeras canas, se la debo a un ex jefe de trabajo que se ganó la antipatía de toda la oficina, pero en el fondo sé que fue fruto del paso del tiempo.
Alguna amiga coqueta me aconsejó tratamientos con inyecciones mínimas, aceites potentes que se aplican en gotitas, procedimientos en “gabinete” refrescaditas y hasta bótox. Yo, despreocupada cada vez más, apenas terminé el pote de crema anti-age que me habían regalado ni siquiera me preocupé en reponerlo. Y eso que hicieron su aparición ellas, las que más se notan, las que aparecen al unísono tanto en los momentos felices como en los de desesperación, en los de asombro y también en los de ira. Son las benditas “pata de gallo”. Las veo tan destacadas exhibidas en una foto que mi marido puso en la computadora y que me sacó en primer plano, con el Glaciar Perito Moreno de fondo, y eligió como protector de pantalla. Y la verdad que al verlas ahí, junto con todas las demás no puedo más que amarlas. A cada una de ellas, y a cada una de las que vendrán. Es que en ellas están grabadas todos los momentos que me hicieron lo que soy y son la prueba de que con equivocaciones y aciertos, con traspiés y frustraciones llevo viviendo la vida con renovada pasión.
¡A amigarnos con ellas mujeres! ¡A amarlas! A cuidarnos sí, pero con aceptación y cariño porque ellas son la pura evidencia de hasta qué punto estamos conectadas con nuestros sentimientos y nuestra libertad de expresión.