El pesado apelativo

Siempre lo murmuraban o lo charlaban muy en voz baja cuando ella se estaba yendo. Siempre con una mirada de recelo, a veces de bronca y de envidia. Siempre como justificación de que todo lo bueno que le pasaba era solo por ese motivo. Es que claro, todo lo que era ella se reducía a eso: era la preferida.
La preferida de las amigas porque solo se reunían si ella las convocaba y cada vez que una tenía una alegría o un problema ella era la primera que se enteraba del grupo.
La preferida de la clase porque, aunque no era la más inteligente, siempre tenía algo que aportar, un plus, una perspectiva nueva del tema, un libro raro que desempolvaba siempre de su biblioteca y así se ganaba los urras de los profesores.
La preferida de sus compañeros porque como iba a todas las clases y tomaba todos los apuntes ellos no tenían la necesidad de hacerlo, porque encima la guacha, después no tenía ningún tipo de problemas en prestarlos.
La preferida de la mamá porque ella siempre le hacía una comida especial, la visitaba más seguido que a sus hermanos o se llenaba la boca hablando de ella.
Y tanto le taladraba la cabeza ese rumoreo que se llenó de culpa y terminó creyéndosela. Creyendo que nada de lo que le pasaba era merecido. Que todo era suerte y que todo se debía a que por una extraña razón muchos la preferían, y que eso, en vez de algo bueno, era realmente una maldición. Mucho tiempo arrastró el estigma pesadamente cual reo medieval remonta su grillete, hasta que un día «alguien» le habló hasta convencerla y así le hizo ver que las amigas la querían porque era incondicional, que los profesores la recordaban porque no había pasado invisible por las aulas, que sus compañeros la veían no como la traga sino como alguien generoso y que su madre simplemente le devolvía el tiempo y el amor que ella le daba a diario. Y ese «alguien» le hizo comprender entonces que esa frase de que todo en la vida es realmente un círculo y «Todo lo que das te vuelve» era tan cierta como justa.
Pero claro, como algunas cosas nunca cambian, seguramente las mismas voces que nunca callan reducirán todo a que ahora para «ese alguien» simplemente ella es… la preferida.