Las chicas de la guerra

Llega otro 2 de abril. Un nuevo aniversario del inicio del conflicto bélico en Malvinas ocurrido en 1982  y que desde el  2000 se conmemora como el Día del Veterano y de los Caídos en la guerra de Malvinas.

Son esas fechas, como el 24 de marzo, que junto a la tristeza que genera recordarlas, nos permite reafirmar el reclamo permanente de memoria, verdad y de justicia.

Y si de memoria hablamos, es necesario recordar especialmente el rol de las mujeres en la Guerra de Malvinas. Un capítulo no solo olvidado de la historia, directamente ignorado.

Sabemos que murieron 649 soldados argentinos, 255 ingleses y que muchos, muchos más de ambas nacionalidades se suicidaron después del conflicto bélico pero lo que casi nunca se habla es que las tres muertes de civiles en la guerra fueron mujeres. Tres residentes de Malvinas, Doreen Bonner, Susan Whitley y Mary Goodwin que murieron tras un bombar-deo inglés, comandado por un capitán que supuso que la zona estaba «libre de isleños».

Hay una idea de que las mujeres de Malvinas son las viudas, las madres y las hijas de los soldados  -para las que en este día va nuestro saludo lleno de afecto y respeto- pero muy poco se habla de la gran cantidad de mujeres que estuvieron en el teatro de operaciones que fueron en su mayoría enfermeras del ejército

Hay una sola mujer argentina que tocó el suelo de las islas que fue Liliana Colino, (hecho y nombre que tampoco está muy difundido), mientras la gran mayoría de las mujeres eran enfermeras navales y civiles que estuvieron en los hospitales en el continente, en Puerto Belgrano, en Comodoro Rivadavia, por ejemplo y también en los buques hospitales. Mujeres todas muy jóvenes con un promedio de 19 años, algunas más chicas, que pocos conocen y las que la conocen las recuerdan poco.

Las inglesas tuvieron más suerte. Ellas, más grandes en edad, luego de la resolución del conflicto fueron condecoradas, cobran pensión y desfilan en los actos en su país.

En esos días de 1982, nuestras chicas de la guerra atendieron a chicos heridos que pedían por sus madres, heridos física y psicológicamente que necesitaban estar cerca de alguien que los trate bien. Muchas veces esas heridas que las chicas debían curar eran causadas por torturas, pero no torturas del enemigo, torturas de sus propios superiores; chicos que habían sido estaqueados; a los que les curaban quemaduras del frío, los pies de trinchera… esos pies congelados por el calzado inadecuado; chicos  a quienes daban de comer para recuperar los kilos y kilos perdidos en las islas ya que sus jefes solían aleccionarlos así para «hacerlos hombres», mientras la comida donada se pudría en despensas; chicos a los que  incluso les cantaban canciones de cuna.

Y también es necesario visibilizar el sufrimiento de muchas mujeres que actuaron en el conflicto, que sufrieron acoso sexual, incluso violaciones, mientras realizaban su trabajo en este contexto tan adverso y que nunca encontraron ninguna resolución judicial a sus denuncias. Denuncias que, por supuesto, también tardaron muchísimo en poder exponer, no solo por el trauma sino también por la amenaza de los militares violentos que las atacaron.

Por eso, en este 2 de abril, aún en medio de un mundo convulsionado por la pandemia, es necesario tener memoria y pedir verdad y justicia nuevamente,  para que las mujeres estén en el lugar de la historia que se merecen, para que los crímenes relacionados con ellas encuentren justicia como la están hallando en este último tiempo, muchos de los soldados que sufrieron torturas. Que cada día que pase podamos tener una mirada de la historia con una perspectiva más amplia, de manera de entender lo que nos pasó realmente y no solo lo que algunos quisieron contarnos.

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