Tristeza por la  muerte de la abuela de Plaza de Mayo Berta Shubaroff

 

 

“Sin duda se la extrañará, pero su espíritu jovial y sus enseñanzas nos seguirán acompañando para encontrar a los y las que faltan”, la despidieron sus compañeras del organismo de derechos humanos.

“No hay milicos ni diablos que me puedan sacar esa felicidad que pude recuperar”, decía Berta Shubaroff en referencia al hallazgo de su nieta Macarena Gelman, que nació durante el cautiverio de su madre en 1976 y conoció su verdadera identidad en 2000. Hija de inmigrantes rusos, participó de los primeros pasos de Madres de Plaza de Mayo en plena dictadura, luego se exilió en España, volvió al país tras el retorno de la democracia y se integró a la lucha de Abuelas de Plaza de Mayo, donde se convirtió en “una compañera entrañable que en cada reunión sabía desplegar la dosis justa de calidez y alegría para apaciguar el dolor de nuestras historias”. Berta Shubaroff murió ayer a los 92 años y “sin duda se la extrañará, pero su espíritu jovial y sus enseñanzas nos seguirán acompañando para encontrar a los y las que faltan”, la despidió Abuelas. Sus restos son velados hasta la medianoche de este sábado; también lo serán este domingo entre las 8 y las 10 de la mañana, en la Legislatura porteña; y serán cremados en el cementerio de Boulogne.

Berta nació y se crió entre Almagro y Villa Crespo. “Mi mamá y mi papá nacieron en el 1900 y vinieron a la Argentina cuando eran chicos, tendrían cinco años. Seguramente se fueron porque eran muy castigados por ser judíos”, relató su historia en una publicación de Abuelas. Aquí se conocieron, se casaron y tuvieron tres hijos. Ella debió enfrentar la rígida estructura familiar para poder cursar en una escuela de dibujo y sumergirse en el mundo del arte. “Yo estudié porque quise estudiar pero en mi casa tenían la idea de que las mujeres no debían estudiar porque se casaban y el marido las mantenía”, recordó. Gracias a un grupo de amigos egresados del Colegio Nacional Buenos Aires conoció al poeta y periodista Juan Gelman. “Anduvimos un año y nos casamos. Y ahí empezó el drama”, contaba y se reía. Tuvieron dos hijos, Marcelo y Nora, y se separaron.

Vivió con sus hijos hasta que Marcelo, que militaba y cursaba en el Buenos Aires, decidió irse a vivir solo y cambiar de colegio “para conocer chicos más de barrio, no de tanta aristocracia”. El joven militante montonero formó pareja con María Claudia García Irureta Goyena y vivieron juntos hasta que el terrorismo de Estado truncó sus vidas cuando ella llevaba siete meses y medio de embarazo. “Yo me quedé con toda la ropita que ella tenía para el bebé, me la llevé a mi casa, la lavé, la planché, la tenía en una caja toda perfumada esperando que me lo traigan”, recordaría la abuela.

El 24 de agosto de 1976 un grupo de tareas fue a la casa de Berta y secuestró a su hija, a quien obligaron a señalar el domicilio de la pareja. Los llevaron al centro clandestino Automotores Orletti, donde los torturaron y desaparecieron. El cuerpo de Marcelo, con un tiro en la nunca, apareció meses después en un tambor con cemento fondeado en el canal San Fernando y recién pudo ser identificado en 1989. María Claudia –se sabría muchos años después– fue trasladada a Uruguay, donde tuvo a su hija en cautiverio.

“Me la pasaba en la calle recorriendo instituciones, reuniéndonos con todas las mujeres que conocía”, contaba sobre sus pasos en Madres. Por problemas de salud de su hija, que vivía con Gelman en el exilio, se radicó en España. Cuando asumió Alfonsín volvió y se acercó a Abuelas. Apenas se presentó “empezaron a gritar ‘¡una abuela, una abuela!’, me sentaron a la mesa, trajeron masitas y té, y ahí me di cuenta que tenía que estar ahí para buscar a mi nieto o nieta”.

“Berta supo convertir odio y dolor en amor y esperanza y así trabajó para encontrar a su nieta y a los de todas”, recordó Abuelas al despedirla. “Últimamente las visitas a la sede de Abuelas eran cada vez más espaciadas por su salud, pero siempre su llegada desplegaba algarabía en el salón”, agregó el organismo. “Abrazamos a sus nietos en este día de tristeza, que también nos invade”, concluyó. “¡Por suerte ella sí pudo abrazar a su nieta! Siempre la voy a recordar por su alegría y cariño”, la despidió el nieto recuperado Horacio Pietragalla Corti, titular de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.

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