Resistida adopción

Por GABRIELA CHAMORRO.

Cachirula llegó a mi vida con los primeros indicios de la vejez (de la mía, no de la de ella) ya que se trata de una callejera y diminuta cachorrra abandonada que, para hacerla completa, estaba repleta de sarna.
Me di cuenta de que la vejez se me aproximaba porque no pude sostener con autoridad mis decisiones, flaqueé ante sus ojos asustados y luego de dos días de súplicas dejé que mis hijos la entraran al patio delantero de casa. Esa «jugada estratégica» tenía como fin evitar por un lado que Toto y Laika, mis otros dos perros se contagiaran y por otro yo, quería autoconvencerme de que luego de un par de visitas al veterinario y un tratamiento, la perra (que todavía no tenía nombre ni sabíamos que era hembra porque nadie se animaba a tocarla por su estado) se recuperaría para poder así conseguir un hogar adecuado, luego de ponerla en adopción por Facebook a través de una linda foto y una leyenda sugestiva
Sin embargo mi poca firmeza sumado a su baustismo como «Cachirula» por parte de mi propio marido, que había prohibido expresamente a los chicos que le pusieran nombre «para no encariñarse», además del acogedor hogar que Facundo le hizo con cuatro maderas y un puñado de clavos, en quince minutos durante una frustrada siesta de nuestro antipático vecino, hizo que el «Plan Estratégico» no tuviera el final deseado.
Cual hija tardía la perra fue acumulando toda una serie de prerrogativas y privilegios: entra a casa (Toto y Laika jamás osaron hacerlo) y se sienta en el fiaca salmón -que con el tiempo terminó siendo su cucha-, toma su tazón de leche todas las mañanas –lo que me hace sospechar que es cruza con gato- más algunas pedazos de tostadas con mermelada baja calorías y, como ya se convirtió en cábala se tira al lado del sillón a mirar cada vez que juega Racing, sea la hora que sea.
Durante estos intensos tres meses pasó por distintos estados: primero se le cayeron todos los pelos y parecía una rata y luego se le hinchó la pancita por los parásitos para luego volverse fuerte y enérgica. Cuando parecía que todo se encaminaba atravesó un parvovirus y terminó internada en una clínica; durante tres días la fuimos a visitar una hora a la mañana y otra a la tarde en el horario de «Terapia intensiva» deseando que soportara la enfermedad y volviera con nosotros a casa. Y cuando el milagro se dio algo asustada y un tanto enclenque me miró con esos ojos, con esos ojitos tiernos y agradecidos y ahí, cuando lloré de alegría terminé de confirmar ¡que me estoy poniendo muy pero muy vieja!