Saint Patrick Day’s: Una tradición para el consumo

20-03-2017

Por Juan José Becerra*

Encontré este extraño fragmento de diario íntimo en Internet. ¿Dónde si no? No será el diario de Franz Kafka, ni el de Raymond Carver, pero reporta con mucha precisión, y casi en vivo, el hecho que nos interesa. Está fechado el 15 de marzo de 2003, a las 7 y un minuto de la mañana, y su título –insistente– dice así: Saint Patricks day descontrol –desastre–. Lo copio textual, con sus sintaxis, sus infracciones verbales y sus redundancias respectivas, porque no hay nada que le dé más vida a la escritura que el error. He aquí, la confesión de Anónimo: «Acabo de volver del festrejo del Saint Patricks day en el centor, una masaaa aaaaaaaaa, descontrol por la calle, todos en pedo saltando y gritando, todos los bares con happy hour y dura hasta el domingo!, tenemos ur ir mañana, hace mucho que not erminaba tan patras… disculpenme si no escribo algo cohe-rentew, es el efecto de los 2 daikiris por 8 pesos… en fin, espero no arrwepentirme de esto, y viva irlanda carajo! el que no salta es un ingles (al son de esto saltaba en pleno reconquista y alvear hace 1 hroa.. )».

Trabajemos un poco. A reglamento. Sin tomar notas ni subrayar el texto con la paranoia febril del filólogo. Lo primero que se puede exclamar, más que decir, es: ¡Daikiris! ¡En el Saint Patrick’s Day! ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? El daikiri es un trago de playa, cuando no de cubierta de crucero. Es un elixir totalmente sobrevalorado. Al lado del martini que inventó Ian Flemming para su personaje James Bond –una medida de vermouth, dos de gin; la aceituna, a elección– es una payasada. Los tragos serios no tienen color, o lo tienen discreto, u oscuro. El daikiri es más un tarro de pintura acrílica que un trago, y si se volvió popular es porque Cancún o Hawai nos quedan lejos (mejor tomarnos un daikiri en alguna AM-PM.).

San Patricio es el Santa Claus de Irlanda. Sin embargo, nació en Escocia. Su mito tiene extraños atributos. El más extravagante es el de haber sido quien logró que su país se mantuviese libre de serpientes. No parece demasiado verosímil. Pero el mito también tiene un componente lógico, es decir histórico. Nació en el año 387 y murió en 461, y entre esos paréntesis evangelizó a medio mundo, explicando con un trébol de tres hojas (con el de cuatro no sabremos nunca qué hubiera hecho) la organización de la Santísima Trinidad. Vivió, casi exclusivamente, entre ovejas y rezos. Podría haber sido, si no lo fue, un personaje de El Señor de los Anillos, la saga de Tolkien, o de Asterix. Sus confesiones autoindulgentes, llamadas en singular La confesión de San Patricio tienen el tono de un fanático religioso. Se consideraba a sí mismo una «víctima viva» y un deudor de Dios, «que me concedió gracia tan grande que muchos pueblos renacieron a Él por mí», con lo cual, detrás del fanatismo, vemos asomar la megalomanía.

Es cierto que Irlanda tiene una tradición religiosa, pero la sombra histórica de Patricio da para muchas cosas, incluyendo algún ejercicio lapidario de ironía. No es una tentación actual. Viene de muy lejos. Calderón de la Barca lo defenestró en una parodia de poema que incluyó en su comedia El purgatorio de San Patricio. Se llama La coraza de San Patricio:

Cristo conmigo,

Cristo ante mí,

Cristo tras de mí,

Cristo en mí,

Cristo bajo mí,

Cristo sobre mí,

Cristo a mi derecha,

Cristo a mi izquierda,

Cristo cuando me acuesto,

Cristo cuando me siento,

Cristo cuando me levanto,

Cristo en el corazón de todo hombre que piensa en mí,

Cristo en la boca de todo hombre que hable de mí,

Cristo en todo ojo que me ve,

Cristo en todo oído que me escucha.

Amén.

Si no fuese un chiste religioso de Calderón sería, sin dudas, la biografía de un pesado, de un loco. Tal vez James Joyce, el dios literario de Irlanda, haya pensado su Ulises contra el Saint Patrick’s Day. A cambio del 17 de marzo de contrición, rezos y remordimientos, introdujo el día en el que transcurre toda su novela: el 16 de junio, conocido como bloomsday, es decir el día de su personaje Bloom. A la ironía de Calderón le sigue la de Joyce y, a ésta, la de las oficinas de turismo de Dublín. Porque el 16 de junio ya es tan importante, desde el punto de vista del consumo y la invasión de extranjeros, como el 17 de marzo.

San Patricio se celebra en Irlanda y también en Estados Unidos, especialmente en Nueva York. Puede entenderse: es una de las comunidades más populares y arraigadas, responsable de la proliferación de pubs y de una mafia casi tan eficaz como la italiana o la china; y, por supuesto, de la Catedral de Saint Patrick, donde se hace una misa de responso cada vez que muere un Kennedy. El caso argentino es otra cosa. La comunidad irlandesa es pequeña, pero los festejos son masivos. ¿Por qué? Bueno, porque la gente tiene la oportunidad –una más, como si faltara– de emborracharse y, si el Dios de San Patricio quiere, matarse a palos en grupo. Es una cita de la fiesta de la cerveza de General Belgrano, cuya tradición nacional es anterior. Forma más parte de un calendario beodo que del fixture religioso.

Nosotros no necesitamos irlandeses. No necesitamos importar a sus celebridades. No queremos a Joyce, ni a Oscar Wilde, ni a Laurence Sterne. Queremos su marca, queremos sus pubs. Lo que nos interesa de Irlanda es saber qué se puede consumir de ella: la cerveza, el daikiri o el vodka (si se diera un Saint Patrick’s Day ruso), nos dan lo mismo. Una cosa son las influencias globales, en las que Irlanda –sin dudas– debería figurar por sus extraordinarios escritores, sus bebidas y su historia, incluso por George Best, el quinto beatle, famoso por su habilidad sudamericana. Pero ¿consumir una cultura, en medio de malos entendidos y una inercia impulsada por el consumo? Eso no es intercambio ni influencia. Eso es snobismo.

Si San Patricio es el Santa Claus irlandés, entonces hay que decir que nuestro Saint Patrick’s Day es la versión adulta del Halloween argentino. De hecho, el 31 de octubre pasado sonó el timbre de casa. Serían las doce de la noche. En esos casos, la pregunta que nos hacemos no es «¿quién será?» sino una pregunta mucho peor: «¿qué pasó?». Fui temblando a abrir la puerta y, a contraluz, con la Luna llena cayendo a chorros, apareció un chico disfrazado de monstruo. El pensamiento espontáneo suele ser prodigioso cuando aparece un imprevisto. Pensé: «me infarto, y me apuñalan». El infarto pudo haber sido una realidad del momento, pero lo del puñal llegó a la memoria por la influencia de la película

de John Carpenter, donde aparecen unos puñales infernales del tamaño de una cimitarra. La cascada de recuerdos siguió y terminó, por supuesto, en Chucky, el mueco maldito. Cuando tomé aire alcancé a decir: «Nene, por qué no le decís a tu mamá que te compre el Martin Fierro».

El Saint Patrick´s Day es, así como está –y en general–, una conmemoración desubicada. Está hecha para que los pubs vendan más cerveza, y para que grupos de personas que creen que Irlanda es un equipo de rugby se agarren a las trompadas. En el fondo, todas las tradiciones terminan entregándose a una sola tradición: la del consumo.

*Juan José Becerra, es escritor y periodista. Autor de los ensayos Grasa (2007), La Vaca. Viaje a la pampa carnívora (2007) y Patriotas (2009); y de las novelas Santo (1994), Atlántida (2001), Miles de años (2004), Toda la verdad (2010) y El espectáculo del tiempo (2015). Sus artículos aparecen con regularidad en publicaciones argentinas e internacionales.

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