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Adolescente preso terminó el secundario e ingresó a la Universidad

BUENOS AIRES- Un joven con la libertad restringida, que ya completó sus estudios secundarios en el centro cerrado bonaerense en el que reside, inició la carrera de Psicología, para “pensar cosas buenas y ayudar a otros”.
“Acá siempre hablamos con un psicólogo y él me inspiró para que optara por esa carrera”, dice Marcos, en un informe de la Secretaría de Niñez y Adolescencia de la Provincia de Buenos Aires.
En cuanto a sus motivos, explica que lo hizo “no solo para encontrar una fuente de laburo, que la necesitamos todos, sino que sobre todo me sirve para abrir la cabeza, para pensar cosas buenas; además, un psicólogo puede ayudar a otros”, afirma.
Para este proyecto, Marcos se vale de un dispositivo para el cumplimiento de medidas privativas de la libertad ordenadas por la Justicia para menores de 18 años.
Está alojado desde hace más de un año en el centro cerrado “Francisco Legarra”, en la localidad de Abasto, partido de La Plata, pero tres veces por semana va a la facultad, en la capital bonaerense, junto a un asistente de Niñez y Adolescencia.
“Hay cosas que quiero cambiar y estoy cambiando. Antes pensaba todas cosas malas. Ahora, quiero pensar en estudiar, en trabajar. Yo tengo cinco hermanos más chicos y quiero ayudar a mi familia”, sostiene.
Pese a las posibilidades que se le abrieron, admite que su camino no es fácil. “Como le pasa a todas las personas, hay días que me levanto y no quiero hacer nada, pero ahí los demás te ayudan y te sostienen”, reconoce.
Los “demás” son los profesionales que trabajan en el centro y el defensor oficial del adolescente quienes, en un trabajo conjunto, lograron la autorización del juez para que pudiera asistir a la facultad.
“Ahora estoy yendo a las clases y con los compañeros me enganché enseguida, aunque no les dije de donde venía. Quizás es un prejuicio propio pero yo intento cuidarme de la discriminación”, confiesa.
Para el estudiante, “es una experiencia nueva en todo sentido”, dado que “hasta el lenguaje cambia en la facultad, te cuesta acostumbrarte, también a la cantidad de gente y al ruido de los parlantes; pero son cosas mínimas, lo importante es que estoy mejorando y la paso bien”, comenta.
Marcos es uno de los muchos chicos privados de su libertad que completó los estudios secundarios dentro del centro.
En cada uno de estos establecimientos de régimen cerrado del Sistema de Responsabilidad Penal Juvenil funciona una extensión áulica mediante convenios con las escuelas de la zona.
Todos los días, los maestros y profesores ingresan a los centros para darles clases a quienes están en conflicto con la ley penal.
“El derecho a la educación para estos chicos parece algo establecido desde hace tiempo, pero recién se logró completar en el 100 por ciento de los centros bajo la actual gestión”, dice el secretario de Niñez y Adolescencia de la Provincia de Buenos Aires, Pablo Navarro.
El funcionario asegura que “en todos los centros del Sistema de Responsabilidad Penal Juvenil, el trabajo está centrado en que los chicos puedan tener un oficio, una profesión, además de posibilidades concretas de trabajo”.
“Como Estado, tenemos la obligación de pensar en la externación”, subraya.
Marcos es el único del Legarra que inició una carrera universitaria, pero muchos jóvenes cursan algún tipo de capacitación en oficios, mediante un acuerdo con el Centro de Formación Profesional 402, ubicado en 515 y 210 de Abasto.
Allí se capacitan para ser electricistas, gasistas, mecánicos, albañiles, torneros, entre otros oficios.
El director del Legarra, Mariano Navarro, asegura que “en todos los casos salen con un título oficial”.
“Los gasistas son matriculados, lo que les da mayores posibilidades de conseguir trabajo. Además, en paralelo se buscan acuerdos con empresas privadas y fundaciones para que empiecen a trabajar y puedan tener un puesto asegurado”, añade.

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