Eduardo Oliva, un fomentista ilustre y combativo

Por Rody Rodríguez.
Informes: Raúl A. Coria

“Hasta la victoria siempre”. El 15 de enero falleció a los 89 años Eduardo Pedro Oliva, destacado vecino y fomentista de Villa Club. Ciudadano Ilustre de Hurlingham. Su reconocida militancia en el Partido Comunista, hizo que varias de las muchas y sentidas despedidas que se escribieron en redes sociales culminaran con la mítica frase del Che Guevara.

Un apasionado por la militancia barrial. Un fomentista combativo. Un ejemplo de participación comunitaria, así se lo podría definir a Eduardo Pedro Oliva, este porteño nacido el 29 de junio de 1929 en Liniers, frente a la Iglesia de San Cayetano, pero que en los últimos 65 años hizo de Hurlingham su lugar en el mundo.
A los 16 años muere su padre y dejó los estudios para dedicarse exclusivamente a trabajar y ayudar a su mamá y a sus dos hermanas. Lo hizo en Ferrocarriles, donde trabajaba su padre.
Afectado por el asma le recomendaron que hiciera deportes. Tomó el consejo al pie de la letra y fue un deportista consuetudinario a lo largo de su vida. Se destacó en la práctica de la natación, y fue bañero de la Cruz Roja. También practicó tenis y remo. Una vez, en 1947, lo invitaron a remar a Regatas Bella Vista. Dos cosas lo marcaron en esa visita, pasó por Hurlingham y se quedó prendado de ese lugar en el que todo estaba por hacerse y también descubrió que ese Río Reconquista por el que navegaba, más temprano que tarde sufriría los efectos de la contaminación.
A finales de los 40 trabajaba como radiotelegrafista en la 7ma. Brigada Aérea de Morón, allí conoció en 1951 a Teresa Martínez, que se desempeñaba como teletipista. Teresa era de Haedo, se pusieron de novios y acordaron no vivir en la ciudad. Ella quería estar en un lugar con más espacio, más aire libre y Eduardo se acordó del Hurlingham que había conocido un par de años atrás. Así fue como decidieron comprar un terreno en Villa Club en 1954. En noviembre de 1955 se casaron y se afincaron en Cañada de Gómez al 500. No hacía un mes que vivían allí cuando se sumó a la Sociedad de Fomento de Villa Club que se había formado hacía 4 años, el 12 de mayo de 1951.
Comenzó así una relación de por vida. Eduardo Oliva hizo del fomentismo una cruzada personal por el bien común. Se enamoró de Villa Club. Se entusiasmó con el desafío de tener que construir un barrio.
Trabajó denodadamente para que Villa Club tuviera veredas, luz de mercurio, pavimento, gas y electricidad. Descubrió que el fomentismo era una herramienta más que eficaz para el progreso de los pueblos.
Para ese entonces ya tenía bien definida su identidad política. Adhirió al comunismo aunque casi siempre se mostró contrariado con las conducciones partidarias del PC argentino.
Oliva era un militante en todos los lugares donde le tocara actuar. Nunca fue un figurón. De hecho nunca quería ser presidente de una entidad de bien público en particular porque eso le impedía participar en otras instituciones y siempre elegía el cargo de secretario, que encima era -generalmente- el rol con mayor carga de trabajo.
Así fue secretario por décadas de la Sociedad de Fomento de Villa Club y también de la Federación y de la Confederación de Sociedades de Fomento. Participó además en cooperativas de trabajo, cooperativas de viviendas, en la Comisión Pro Autonomía, en el Club Defensores, entre otras organizaciones.
En todas demostró su trabajo prolijo, lúcido, su coherencia, su espíritu de lucha.
Esa fue siempre su línea de conducta.

En una entrevista publicada por El Ciudadano hace más de 15 años, afirmó: «No alcanza con ser un vecino amable, pagar los impuestos, no ensuciar la calle… no es suficiente. Es necesario un mayor compromiso para construir una sociedad más solidaria».
Eduardo Oliva privilegió la militancia en el barrio. Dentro del Partido Comunista era un «renegado». No obstante en 1983, cuando retornó la Democracia accedió a ser candidato a concejal. Era un hito histórico en el país y comprendió que era el momento de poner su nombre y apellido a la participación política. Fue la única vez que fue candidato a un cargo político.
Pasaron muchos años para que un dirigente lo «conmoviera» y le hiciera recuperar la fe en la política. Fue en el 2003 cuando Néstor Kirchner llegó a la presidencia de la Nación. Con el kirchnerismo se sintió identificado y volvió a creer en la posibilidad de que una sociedad más justa, más igualitaria era posible.
Oliva tuvo muchos reconocimientos. El más cercano a fines del 2016, cuando el Concejo Deliberante lo distinguió como Ciudadano Ilustre de Hurlingham. Antes, en el 2014, fue reconocido por sus 30 años de lucha en el fomentismo nada menos que por el Frente Continental de Organizaciones Comunales en un congreso realizado en La Habana, Cuba.
Pero para él, el principal reconocimiento era el que recibía a diario en su barrio, por sus vecinos. «Lo único que escucho de la gente que te conoció, acompañó, compartió ideales, trabajo, militancia y proyectos son cosas nobles y buenas, coherente con todo tu legado» escribió una de sus hijas a modo de despedida.
«Te vas dejando tu semilla de militante en tus hijos y nietos y tu ejemplo de vida para todos los que tuvimos el enorme lujo de conocerte» expresó el concejal Adrián Eslaiman.
Eduardo Oliva era un tipo de avanzada. La defensa de los recursos naturales, la lucha por el medio ambiente, el uso racional de la energía y del agua formaban parte de sus preocupaciones cuando esos temas no estaban en la agenda de casi nadie y esas inquietudes las expresó en cuanta oportunidad tuvo en congresos, seminarios, charlas en varios puntos del país y también en el exterior.
A lo largo de su vida hay kilométricos surcos en sus viajes en bicicleta a lo largo y ancho de Hurlingham y más allá también; hay horas y horas de charlas acumuladas con sus camaradas y amigos Claudio Fabiján y el farmacéutico Zeltman por ejemplo, en las que debatían detalles de una revolución ansiada hasta las mejoras imprescindibles en el barrio.
Obsesionado por la educación fue feliz cuando sus hijos pudieron seguir carreras universitarias: la médica Viviana, el ingeniero agrónomo Daniel, el arquitecto Miguel y la abogada Yanina.
Murió el 15 de enero a los 89 años. Feliz también de haber podido disfrutar de sus siete nietos y sus tres bisnietos.
Queda para su ciudad el recuerdo de su espíritu idealista, su compromiso con el otro, su carácter combativo y su nobleza.

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