A la cancha hay que salir a ganar

Publicado el 11/10/96

¡Hola! ¿Qué tal? ¿Cómo anda? ¿Bien? Me alegro.

¿Yo? La verdad que no estoy tan bien ¿Le cuento o lo dejamos ahí, como diría Bernie? Bueno, le relato. Comienzo por una confesión (a esta altura de nuestra amistad es hora que asomen las confidencias): soy de la banda. No, no me malinterprete. Soy hincha de River. Ah, largamos con las cargadas. Mire, hay cosas peores. Nosotros, al menos mojamos de vez en cuando, como pasó este año con la Libertadores. Bien. Esto justifica el malhumor, habiendo perdido sobre la hora con un cabezazo al voleo -¡Hasta fue hacia atrás!-, después de haber desplegado un fútbol de tan alta calidad que hasta Bilardo lo reconoció. Pero, en fin, bien se sabe que el fútbol es como la vida, y nos deja en orsay en el momento menos pensado. Y, en realidad, de esto quería charlar. Del fútbol y de la vida; del fútbol mucho más allá del simple juego. No voy a hacer el verso culturoso, remontándome, por ejemplo, a los antiguos griegos -y digo los griegos y no Grecia, porque ellos conformaban una entidad no básicamente geográfico y/o institucional, sino una Nación con fronteras culturales, cuyos límites abarcaban una innumerable cantidad de polis y colonias distribuidas en los tres continentes que enmarcan la cuenca del mediterráneo oriental-, unidos por su idioma, es decir su cultura, y la concurrencia a Olimpia, cada cuatro años, para presenciar los famosos juegos. Cruzar el Peloponeso, hacia la ciudad sagrada, era mucho más común, para los atenienses, verbigracia, que frecuentar la Academia (la de Platón, no la alicaída de Avellaneda) o el Liceo aristotélico. Pero no, quiero hablar sobre el fútbol no sólo como “pasión de multitudes”, como lo calificó un conocido relator oficialista (oficialista de siempre, cualquiera fuera ese “oficialismo”, aún el genocida del nefasto proceso), sino como paradigma de nuestro cotidiano existir. Y desde ese punto de vista se puede deducir, por ejemplo, que es difícil avanzar en la vida sin audacia, defendiéndose siempre, buscando el empate como salvación. No, a la cancha -sea la de juego o la de la historia- hay que salir a ganar. Un propósito tan válido para cada uno de nosotros como para el conjunto de la sociedad. Hay que cuidarse del orsay provocado por el adversario (el cual, sobre todo en el caso de los pueblos, puede resultar sumamente artero y tramposo); saber poner la pelota contra el piso y mirar todo el campo, fríamente, en los momentos de aprete; ir a buscar todos los centros a la olla, aunque no sea la mejor estrategia, evidenciando la voluntad de no desperdiciar oportunidad alguna; y, sobre todo, jugar a cara de perro hasta el último segundo, hasta la pitada final. Ahora bien, habrá que tomar algunas precauciones colaterales, a efectos de que no nos roben fuera de la cancha, lo que hemos sabido ganar en ella. Seguir con atención al referí -no sea cosa, por ejemplo, que para el partido de la flexibilización, se nombre al FMI como árbitro-, ser más bien desconfiado de los dirigentes del adversario -suelen hacer trampas antes, durante y después del partido, pidiendo los puntos que perdieron en el field-, precavernos de la droga que nos presentan como panacea -cuántos encuentros se definieron en el control antidoping-, y descreer de los críticos que nos quieren formar el equipo. En suma, ojos bien abiertos, como sostenía una conocida propaganda anterior al último mundial. Sólo así será posible escalar posiciones en la tabla y salvarse del promedio bajo para el descenso. Porque jugar en la B -aunque sea morigerado por el calificativo de nacional- es muy jodido. Uno puede aquerenciarse para siempre en una categoría inferior y, lo que es peor aún, en una que no condice con los verdaderos méritos del equipo. Muchos -seres y pueblos- han quedado con el alma en orsay, como diría el barbeta Homero Manzi; y de ese fuera de juego el retorno es casi imposible. Se enajena, sin notarlo, el destino para siempre. Por eso hay que defender cada punto como si fuera el último, y disputar cada match como si correspondiera a la final de la Copa del Mundo. Y, por sobre todas las cosas, recordar que los triunfos morales no suman puntos. Jugar mejor es condición necesaria, tal vez, pero nunca suficiente para ganar. La única verdad, que es la realidad, está en el arco de enfrente. ¿Se da cuenta, querido amigo, por qué estoy tristón después del último superclásico? Y no es que sea fundamentalista del balompie. Todo lo contrario. Hay dos cosas que odio: el fanatismo y que nos gane Boca.

Hace cierto tiempo reflexionamos sobre este dúo dinámico; fútbol y vida, y de tal meditación surgió este ejemplo lunfa de alguien que no observó las reglas que aquí desmenuzamos.

“… y en la cancha de este mundo

sos un débil pa’l biabazo…”

(Enrique Cadícamo: “Compadrón”)

 

SUPLENTE

El apodo lo tenía bien ganado;

siempre había sido un tirifilo,

empilchando bien debute, y en el grilo,

menega suficiente pa’ un palmado.

 

Del apronte fue un abanderado,

y el chitrulaje lo empalmó en vilo,

cuando por chanta se morfó el estrilo

de estar en la leonera encanastado.

 

El lavandero le tiró una piola,

zafó de la yuta y retornó al cotorro.

¡Al dope!, los malanfios “inocentes”

lo enchufaron de nuevo en la gayola.

¡Pasó la juvencia en el atorro

y la vida en el banco de suplentes!