Discépolo: Un poeta que supo retratar el alma humana

Las notas de Oscar Sbarra Mitre, publicadas en El Ciudadano, para su sección “Haciendo el Verso”. Esta nota apareció en la edición del 20 de diciembre de 1996.

¡Hola! ¿Cómo anda, amigo? ¿Bien? Me alegra verlo así. Yo también. En estos días, como usted sabe, se cumplen 45 años de la muerte de un queridísimo poeta popular: Enrique Santos Discé­polo. Discepolín, como se lo conocía, supo retratar como pocos el alma humana. Por eso sus versos son “atempo­rales”, quiero decir, guardan el mismo significado hoy que cuando fueron escritos, y, seguramente, tendrán el mismo sentido dentro de un siglo. Que “el que no llora no mama y el que no afana es un gil” parece valer con similar peso “en el 510 y en el 2000 también” (¡vaya si lo sabremos los argentinos de este tiempo y de todos los tiempos!). Pero la evocación venía a cuento, estimado amigo, por cuanto, con los amigos de la Asociación Garde­liana Argentina, inauguramos la esquina “Enrique Santos Discépolo”, en Buenos Aires, en la intersección de un pasaje que lleva su nombre -cercano a la calle Riobamba- y la tradicional Corrientes. Hablamos allí junto a queridos amigos como Antonio Cafiero, Ben Molar, Virgilio Espósito, Homero Cárpena y Segismundo Holzman (alma de la “Garde­liana”). Y no recordamos el nombre del talento tan enorme como su nariz (al decir de su entrañable amigo, Homero Manzi, que partió el mismo año que él: 1951) sólo por su incomparable poesía, o por su reconocido humor ácido (solamente a él se le podía ocurrir morirse tan cerca de Navidad), o por sus iniguala­bles dotes de cineasta, o por su capacidad teatral, o por tantas otras facetas que adornaban su personalidad fuera de serie. Nos pareció adecuado recordar que alguna vez encontró la Biblia, la de la solidaridad que remediaba el desencanto profundo del hombre de “Yira, yira…”; esa que buscaron la prosa triste de Roberto Arlt y la profundidad filosófica de don Raúl Scalabrini Ortiz, y que, entonces, decidió propalarla. Y lo hizo con sus memorables charlas con “Mordis­quito”, aquel anónimo -pero no tanto- representante de una Argentina de la tragedia y de la infamia. Y fue allí, cuando asumió ese compromiso, que las críticas despia­dadas hirieron de muerte su alma sensible… y el alma arrastró al cuerpo. Recordar una conducta, un compromiso con su tiempo y con su gente, nos perece, querido amigo, la mejor manera de homenajearnos a nosotros mismos, como seres humanos. Por eso le dejo este soneto que alguna vez escribimos pensando en el entrañable Discepolín, junto a nuestros mejores augurios para el año que se inicia. Gracias. Un abrazo.

 

VAMOS QUE TODO DUELE*

“Conozco un largo aburrimiento,

y comprendo lo que cuesta ser feliz…”

(Homero Manzi, “Discepolín”)

 

La Biblia masticaba el desconsuelo,

mientras charlaban bajito en un rincón,

la chorra, la inglesa loca y el calefón,

lamentando tu partida para el cielo.

 

El arlequín compartía su desvelo

con el mamao bien mamao y el mirón

de la ñata contra el vidrio, en la obsesión

de buscar la esperanza como anhelo.

 

Y afuera se mezclan la gente brutal,

el rey de bastos, la grotesca vidal,

la muñeca maldita y el polizón.

 

¡Todos juntos revolcaos en el barrial,

con la pérfida conura establecida

de acallarle a Mordisquito el corazón!

 

(*) Homenaje a Enrique Santos Discépolo, en el Centro Cultural General San Martín. Buenos Aires, 6 de diciembre de 1989.