Oscar Sbarra Mitre, poeta, peronista y amigo, entre otras cosas

Por RODY RODRIGUEZ

Oscar Sbarra Mitre falleció el pasado 8 de diciembre. Muchos lo recordarán por sus virtudes como escritor, como historiador, como periodista. Otros también sumarán sus cualidades como docente universitario.

La trayectoria de Sbarra Mitre se enriquece también por su paso como presidente del Fondo Nacional de las Artes, como Director Nacional de Patrimonio Cultural de la Secretaría de Cultura de la Nación y también ejerciendo la Dirección de la Biblioteca Nacional.

Al gran prestigio acumulado en el ámbito de la cultura, se suma que originalmente su profesión es la de economista, y en esa condición se destacó como docente y nada menos que como Decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, en 1973, cuando Oscar era un imberbe de 31 años que soñaba con “un mundo universitario austero, vendiendo innecesarios mobiliaros de intolerable lujo para dedicarlos a becas estudiantiles”.

Sbarra Mitre fue también un gran peronista, de los que no se conforman con serlo, si no que además predican y aplican su habilidad de docente para enseñar y convencer.

Fue autor de quince libros, entre ellos, Memorias de Dios, en el que ensaya diferencias y puntos de conexión entre el islamismo, el judaísmo y el cristianismo; Historia esencial del peronismo, Peronismo: una doctrina, una historia; Memoria e identidad: las paralelas del destino; Esbozos en la Arena, que fue su último libro presentado en la SADE el año pasado.

Escribió innumerable cantidad de artículos, pronunció conferencias en todos el país y en el exterior, en los ámbitos más destacados y en las básicas más humildes.

En el 2003 fue uno de los primeros en convencerse de la trascendencia que podía tener la figura de Néstor Kirchner para el futuro del país. Y fue uno de los primeros en sumarse al proyecto que llevó a la presidencia a Kirchner primero y a Cristina Fernández de Kirchner luego.

Es inevitable hablar en primera persona y comentar que conocí a Oscar en 1994, que tuve la dicha de compartir un ámbito laboral con él y con ese privilegio gozar de su generosidad intelectual, y compartir largas charlas y convertirlo (sin que él lo advirtiera, creo) en mi “personal trainer doctrinario”.

Admiré su pasión por la política, de su inteligencia para entenderla. Disfruté de su admiración por el talento artístico de su esposa Mercedes Varela; de sus conocimientos tangueros; me contagió su obsesión por la historia; me entusiasmó su militancia por el pensamiento nacional y popular y me atrajo su sensibilidad y su humor.

En 1996, cuando se enteró que yo estaba dando los primeros pasos con una publicación en Hurlingham, con El Ciudadano, se ofreció para escribir algunos artículos.

Inicialmente lo rechacé. “No tengo como pagarte… es un lujo que no me puedo dar… estamos recién empezando con un periódico local”, le dije.

El insistió, como si fuera necesario para semejante pluma, buscar un medio en el que pudiera publicar sus notas. Y “negoció” su ingreso a El Ciudadano ofreciendo conseguir “unos avisitos para pagarse las notas”. Obviamente esos “avisitos” nunca los buscó, pero durante un tiempo los artículos de una sección que él bautizó como: “Haciendo el verso”, pudieron leerse en nuestro periódico. Allí brindaba un mano a mano discepoleano con el lector, culminando la nota con un delicioso broche poético.

De allí el nombre de la sección.

Fueron un puñado de notas, con sus respectivas poesías al final, que no hicieron más que demostrar (sin verso), que si algo completaba la caracterización de Oscar era su condición de poeta.

Hoy a modo de homenaje, y para los muchos que no leyeron esas notas llenas de talento, gracia y sensibilidad, las vamos a reproducir cada viernes (ver acá).

Y quiero que se sepa (y que lo sepa él), que soy uno de los muchos que lo vamos a extrañar.