De penitas y consuelos

Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere….

Deshojando una yerbera gigante fucsia y muy sentadita en uno de los canteros que daban al fondo de la casa me descubrió mi abuelo Picho un verano caluroso de mis 13 o 14 años en Entre Ríos en esos avatares y contrastes de discernir, por azar, si el chico que me gustaba… también gustaba de mí

Primero pensé que me iba a retar (por la flor despedazada), pero mi abuelo, aunque se hacia el malo y el rezongón, rara vez lo hacía y será que me vio una actitud cuasi vencida o un penoso gesto de desesperanza, que se tomó el trabajo de -con  lentitud y cautela- apoyarse en un tutor grande, que él mismo había puesto en una hilera de tomates de la quinta para despacito, despacito, sentarse al lado mío.

¿Qué pasa flacucha?- me dijo. Un poco de vergüenza me daba, para que voy a negarlo, pero ¿cómo no abandonarme a su mirada de ojos celestes transparentes y no contarle todo?

Él lo tomó muy en serio, como si le estuviera contando los vaivenes de una historia de amor adulta y en ningún momento se río o ninguneó el tema y si bien no me acuerdo muy bien cuál fue su consejo, si recuerdo, es más todavía siento, el calor de sus manos al contacto con las mías mientras me hablaba con su voz ronca y pausada.

Se me fue cuando yo era muy chica pero me dejó tantas enseñanzas cómo ésta de darme cuenta cuando el otro está mal y escucharlo dándole el tiempo necesario para descargarse y expresar sus sentimientos.

Por eso, hoy en día, una de los principales placeres que gozo pasan por ayudar, escuchar, tratar de dar una mano, la mayoría no tiene idea del poder que un gesto, un abrazo, o una sonrisa hacen a un alma apenada.

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