El asesinato de los swingers en Villa Erisa

La mujer frente al espejo, el cuadro millonario que Pablo Picasso hizo en 1919, y que fue el mòvil del doble crimen

Seis años después se esclareció el doble crimen de los swinger en Villa Elisa. La ex actriz porno Romina Iddon le confesó a su pareja que con su ex marido sospechaban que la pareja platense tenía una obra de Pablo Picasso, pero no era sí y los mataron. El marido de la porno stard no pudo guardar el secreto y la denunció.

por Juan José Becerra

En agosto de 2004 sucedieron hechos sociales relevantes y de diversos géneros en una casa de Villa Elisa, a treinta minutos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires si se viaja en tren; o a cinco o menos si se lo hace al comando de un Porsche Panamera Turbo, en el que nadie cree pero que los hay, los hay.

Los jóvenes concubinos Antonia Zárate (29 años, paraguaya) y Nicolás de Sousa (28 años, argentino) habían comprometido su presencia a un asado familiar a pocas cuadras de su nido. Pero llegó la hora en la que el asador argentino pregunta con elegancia británica si se desea la carne rear, medium rear, médium, medium well o well done, y los jóvenes no estaban. Estaban en otra: masacrados; uno en el living; otra en el dormitorio. La faena parecía inspirada en Liberación de la forma metafíca, de Vito Campanella, uno de los tantos cuadros hallados en la escena del crimen.

Los investigadores echaron a rodar pistas interconectadas porque sí, nodos de asociaciones, matetes de sospechas que se abrían -como siempre- hacia un horizonte de paranoia y autocomplacencia. Se puso lindo. Se dijo que una de esas rutas era la de la droga, otra era la del ajuste de cuentas y una tercera era la ruta swinger. Un rastreo dio con que la joven Zarate (cuya belleza describiremos con una interjección que la pinte entera: «¡Oh!») y el joven De Sousa frecuentaban parejas en espejo, intercambiaban cónyuges y luego, en fin, hastiados: taza, taza.

Los asesinos, aprovechándose de las debilidades de sus anfitriones, tuvieron un Plan A más allá del Plan B –el plan del intercambio completo entre amigos-, que consistía en averiguar si De Sousa contaba en su catálogo -pertenecía a una segunda generación de marchands- con lo que los traficantes de arte consideran menos un cuadro que un golpe perfecto: Algún Picasso.

No lo hubo y se desató la violencia que dejó dos víctimas y, de rebote, un damnificado: el escultor Enio Iommi, de quien en el living donde ocurrieron los hechos había una escultura que -así es de injusta la crítica de arte con los grandes- nadie se llevó.

En cambio, se llevaron una Grand Cheroke con el tanque lleno, que fue abandonada sin huellas al día siguiente.

Pasaron seis o siete años. El noviecito de la asesina, reputada como actriz porno y eslabón invisible de una cadena de tráfico de arte entre Argentina y México, la delató en medio de un sismo personal y el caso parece caer en la depresión del esclarecimiento y el desinterés. ¿A quiénes les importan los asesinatos de los que se revelan las causas? Sin embargo, sobre los crímenes de Villa Elisa brilla un sol muy atractivo. Resulta que cuando se encontraron los cadáveres de quienes en agosto de 2004 se perdieron, quizás, el asado de sus vidas, uno de los detectives bonaerenses afectados a la investigación, egresado con honores de la Academia de los Espías que Tocan Timbre, hurgó en la biblioteca y dándosela de Chevalier Dupin, apartó un ejemplar en español de Historia de las orgías, de Burgo Partridge.

El sabueso se fue a un rincón a ver las imágenes en las que numerosas personas se agrupaban en blanco y negro, una encima de la otra, entrando y saliendo como en un festival de tuercas y tornillos en el que se prueban las roscas y se ajustan las piezas para, por fin, aflojarse. Y por la impresión que le causó en su conciencia la libertad de esas páginas -y más que la libertad, la variedad posicional de los amantes-, se detuvo en la pista que llamaremos bibliográfica que pronto se perdió en una nube de confusión.

Pero Historia de las orgías es un libro que, en cualquier biblioteca en la que esté esperando por quien lo necesite para orientarse en la multitud, no significa nada. Es un clásico de ¡1958!, el primero especializado en partuzas, y procedente –de un modo inesperado- del ubérrimo grupo Bloomsbury de Londres. Su autor era hijo de Ralph Partridge, ex de Dora Carrington; y se casó con una sobrina nieta de Virginia Wolf, con quien tuvo una hija tres semanas antes de explotar de un infarto. ¿Por las orgías? Cuando le hicieron esa pregunta a su mujer, ella dijo: «Ah, yo no sé nada».

Podemos imaginar la infancia lactante del mártir Burgo Partridge, arrastrándose entre los zapatos de Bertand Russell, Keynes, Wittgenstein, Lytton Strachey y la señora Wolf, entre otras eminencias más o menos fisuradas. La conexión de aquellas reuniones en los alrededores del British Museum con el doble crimen de Villa Elisa ocurrido casi un siglo más tarde es la prueba (adulterada, como todas las pruebas de la lengua) de que el arte no muere aunque mueran los que lo producen, lo difunden y, como en el caso de Zárate/De Sousa y sus asesinos, simplemente lo viven.