Extracurriculares

Por GABRIELA ARRECHEA.

Mamá me enseñó ser puntual hasta la obsesión. Nunca una media falta en la escuela, menos una falta entera. Y cada viernes de la secundaria cuando tenía que encontrarme con mis amigas en 8 y 50 yo llegaba por lo menos 15 minutos antes. Ellas, como todas las adolescentes lo hacían 20 minutos más tarde; así que soportaba estoicamente el plantón de media hora en pleno centro platense.

Pero alguna ventaja tenía tal virtud. Siempre viajé comodísima en el micro. Claro, yo salía con tanta anticipación que transcurría mi viaje sentadita y sin soportar miles de paradas. El resto de mis compañeros llegaban arrugados y corriendo cuando sonaba el segundo timbre de entrada y la antipática de la directora, la odiada “Lapalma” se aprestaba casi en éxtasis a cerrarles la puerta en la cara y computarles la falta completa.

Mamá me enseñó a ser respetuosa con los símbolos patrios. Y eso que mi formación primaria y secundaria fue atravesada por los años de la dictadura, época que, con el tiempo pude entender lo que menos se honraba era a la patria propiamente dicha. Sin embargo transcurrí tanto en actos escolares como los públicos, frente a la plaza, saboreando la cascarilla y viendo el desfile de las marchas militares.

Mamá no permitió nunca que olvidara de colocarme la escarapela del lado del corazón o que saliera con la Aurora y La Marcha a San Lorenzo aprendidita de memoria. Estoy convencida además que debo de ser una de las pocas de mi generación que aún puede recitar sin dudar una sola palabra el Himno a Sarmiento y a San Martín.

Además cuando en la tele por cadena nacional pasaban el himno, mamá nos hacía levantar a todos, así estuviéramos comiendo y quedarnos muy quietos y derechitos al lado de la silla.

También me enseñó a ser educada y conversadora. En esa época no había tanto degenerado y delincuente en la calle, con lo cual no se escuchaba en las casas demasiado la frase “No hables con extraños”. Por eso pude hacerme amiga del colectivero, del señor de barba que tomaba el micro siempre a la misma hora porque trabajaba en el Registro Civil, de la mamá de mi amiga que entraba más temprano en Obras Públicas y de una señora mayor que iba a cuidar a su nietita porque su mamá trabajaba en casas de familia por hora, también me conocí la historia entera de toda la familia de María, la portera y de Juan, el ordenanza del colegio.

Mamá me enseñó a ser amable. Darle el asiento a las personas mayores y las que viajaban con sus hijos, ayudar a cruzar la calle a chicos más chicos que yo, decir gracias cuando iba a hacer las compras y saludar cuando entraba y salía de cualquier lugar.

Me enseño a ser generosa con mi sonrisa, será por eso que tengo muchas arrugas de expresión, porque como dice ella, soy de sonrisa fácil.

Y me enseñó a ser agradecida y serlo aún más cuando las cosas no salen como uno quiere, a ser agradecida ante la adversidad, ante el fracaso, ante el problema, ante eso que uno busca mucho y al final no se da. Y es raro, porque mamá no es nada religiosa y aún así, conozco pocas personas que vivan más acorde con los preceptos del buen cristiano.

Mamá me enseñó también a expresarme, a cantar cuando tengo ganas, a soltar las palabras solo cuando ellas, son más bellas que mi silencio, a gesticular hasta el ridículo, a bailar y a mirar al otro sin suspicacias y muchas, muchas cosas más que no estaban en la currícula de mi formación pero seguro son las que hoy en día más valoro y más quiero transmitirle a mis hijos.