Que ser mujer deje de doler

Causa cierta turbación, mezcla de emoción y de nerviosismo sentir que sos parte de un momento que puede ser una huella en la historia.

Sentir eso, sentir que sos protagonista.

Que estás ahí en el momento cúlmine de algo.

Y no es que ese “algo” sea la solución a todos los problemas o las luchas que venís denunciando y por las que ponés el cuerpo. Es sentir que eso que empezó hace tantos años, como una brisa y barrió dos  preconceptos, tres o cuatro mandatos, cinco definiciones fijas que no se discutían, se va haciendo más fuerte. Y más fuerte. Y ya no es una brisa.

Ya sentís el viento en la cara, que se te vuela el pelo, que se te vuela la ropa, que tenés que sostenerte bien fuerte, agarrarte bien fuerte a tu pañuelo que no se mueve, porque él sí esta amarrado a tu muñeca y a tu piel y mirás al lado y tenés a otra, y a otra y a otra…

Y somos muchas.

Tantas que… que no nos podemos contar.

Jóvenes, altas, bajas, viejas, de tacos altos o con ojotas, con tonadas provincianas, con ropas coloridas aborígenes, gordas, flacas, madres y no madres, con un pasar tranquilo o con un presente agobiante, universitarias, analfabetas, diversas y todas y todes soñando. Soñando y con una misma esperanza.

Simple. Simple pero complicada de alcanzar

Vivir la vida con placer. Eso. Vivir la vida con placer. Sin miedo

Que ser mujer deje de doler.

Y desear, que todas las pancartas, todos los cantos, todos los encuentros, las discusiones y las marchas que te llevaron a este lugar, están llegando por primera vez a un sitio donde por fin tu voz está siendo oída, está siendo interpretada, está siendo comprendida pero sobre todo valorada.

Es hermoso estar haciendo  historia

Seguir luchando por alejarnos del dolor para abrazarnos al placer de vivir la vida a pleno, y por eso en este cambio de época que vivimos, que protagonizamos vamos a dejar que esta brisa, este viento, este huracán sirva para avivar las llamas para que el calor de la marcha feminista no se apague nunca

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