Límites difusos

 

El día del niño ya pasó, lo transité con la billetera que se me iba alivianando hora a hora y al final del día me sentí un tanto burlada.

Muchas madres cuarentonas, con hijos en edades pre adolescentes o adolescentes hasta la médula habrán sentido el mismo desconcierto.

Una no quiere convertirse en una pijotera espantosa que niega a sus queridos hijos un regalito en este solemne día pero… ¿dónde está el límite?, ¿cuándo los niños dejan de ser niños?, me pregunto.

A Facu, dejémoslo de lado porque recién tiene 11, y dirían mis hijas que por ser el más chico y el varón es mi preferido pero las nenas….Candela está más alta que yo y Julieta usa mi mismo talle de jeans… bueno… dicho sea de paso me usa mis jeans. Hace rato que se pintan las uñas, se maquillan, usan ropa interior de mujeres y defienden su intimidad a rajatabla cuando llegan sus amigas y se encierran en la pieza a hablar de cosas que… un dinosaurio como su madre…no puede escuchar.

Desafían mis órdenes, les cambia el carácter más de una vez por mes  y también me acompañan con seguridad cuando transito un momento de tristeza, preocupación o me siento desorientada. La fórmula se invirtió y me aconsejan qué decir, qué hacer o qué ponerme para estar más… “copada” y cuando caigo en angustias por algún problema que es efímero tienen la claridad como para hacerme ver que… eso va a pasar y no vale la pena amargarse.

Mis hijas crecieron, no son niñas, no son del todo mujeres, tienen la habilidad de disfrazarse de unas o de otras cuando les conviene y de hacerme entender  que no es bueno obsesionarse con pretender que la gente sea de catálogo o tengamos que encasillarla en un rubro específico  y también me enseñan todos los días  que, en este presente tan enrarecido es imprescindible conservar en algún rinconcito un plus de frescura, no guardar nunca nuestras risas para más tarde y sobre todo, no perder jamás la capacidad de asombro.