Golosos

 

Mi abuelo Picho solía quedarse con la porción sobrante de postre asegurando que le correspondía a él porque era el que estaba más cerca del cajón.

Con esa estrategia acumuló desde joven los pedazos extras de queso y dulce, el flan, el helado más grande, el postrecito de chocolate con merengue, todo eso sin ninguna culpa y haciéndole pito catalán a cualquier problema posible de colesterol o triglicéridos.

Rubio, de transparentes ojos celestes, era el abuelo de los cuentos. Compinche, inteligente, honestísimo, trabajador y coqueto. Recuerdo que colgaba un espejito maltrecho de un gancho ubicado en la parra del fondo de su casa entrerriana. Necesitaba de la luz natural para que su afeitada, a brocha y jabón, quedara perfecta.

Después se calzaba sus alpargatas, cubría su pelada con el jocky y se subía a su bicicleta con la que recorría las coloradas calles de San José.

De él heredé algo más que esa Olivetti antiquísima con la que hice mis primeros trabajos en la facultad. Me seducía el ruido seco y rítmico de sus teclas cuando él llenaba prolijamente las facturas de su tienda «Los Vascos»

Me legó su sonrisa generosa, su mano solidaria y también esos arranques de indignación que le producía la desidia, la burocracia y la irresponsabilidad de los otros. De él me quedó el eco de sus adorables rezongos, la armonía de su risa, el olor a agua de colonia  marina y al talco  de bebé Feculax que obsesivamente ponía en su calzado ante la inexistencia de los mentolados de hoy en día.

También me quedó el orgullo de que me viera parecida a mi abuela Lía, su único y gran amor.

Y, de yapa, él fue el que me regaló la mejor de sus enseñanzas: no quedarme con las ganas del abrazo, de la siesta, del mimo, de la salida, de la risa y menos que menos de comer sin culpa y arrebatarle al que sea,  el último pedazo de postre.