Perón: ser nacional, ser popular

    Por MARIO OPORTO. La muerte de Perón, hace ya 39 años, fue un verdadero duelo nacional en un momento en que su figura era, además de una presencia histórica, un tema de discusión ideológica. ¿Quién era el Perón que había regresado del exilio? ¿Qué había cambiado de sí mismo y del país en esos años que van del golpe de la Revolución Libertadora hasta el momento en que reúne a la totalidad de las fuerzas populares en 1973? En se momento, como se recordará, el peronismo había crecido más o menos lejos de su líder, y la discusión sobre qué era ser peronista y qué significaba ser peronista derivó en una discusión que, como sabemos, no excluyó la violencia.

    Pero recién muerto Perón, con su figura de algún modo cerrando el círculo biográfico que cambió la historia de la política argentina, fue posible responder a esas preguntas. El Perón que vimos en el regreso de principios de los años ’70 mantuvo inalterable su condición de líder, capaz de conducir en un solo cauce los intereses siempre fragmentados del campo nacional y popular. Ser popular y ser nacional es, de algún modo, la marca principal de la obra política del Perón ideólogo y estadista.

    Por supuesto que en nombre del peronismo, y de los momentos menos peronistas del propio Perón, la burocracia justicialista ha hecho interpretaciones extravagantes de la historia del peronismo en beneficio propio. Pero ningún capítulo de la vida de Perón excluyen lo que podemos considerar, sin equivocarnos, su plan irrenunciable: hacer de la política una herramienta de poder popular con el fin de distribuir con justicia social la riqueza.

    Si tomamos este patrón como referencia de lo que el peronismo ha hecho luego de la muerte de Perón y sin acudir al «peronómetro», un instrumento que mide los hechos de la realidad política según quién lo utilice, podemos observar con cierta precisión quiénes de los líderes que sucedieron a Perón han intentado respetarlo.

    El peronismo que gobierna desde 2003 ha sido fiel con ese principio, que es el principio activo más importante de los deberes peronistas. Es decir que para ser peronista, y para gobernar como peronistas, al margen de todas las diferencias entre nosotros (los que nos llamamos «compañeros» estando a veces en veredas ideológicas distintas, algo que también distingue al peronismo), hay que gobernar para los sectores populares.

    Se puede ser peronista de mil maneras, pero no se puede serlo sin esa condición.