Calentitas y traicioneras

Por GABRIELA ARRECHEA.

Con los primeros fríos las mujeres apelamos a variadas técnicas para mantenernos abrigadas, cómodas pero lo más top posible. Y así, sin darnos cuenta chicas,  caemos en la mayor trampa mortal de los últimos años de la cual, recién nos daremos cuenta con los primeros brotes de la primavera. Sí, estoy hablando de ellas, de las benditas calzas.

Es  que  variadas mujeres de distintas edades y condiciones sociales encontramos en ellas el aliado ideal. Antes, hace siglos solo se usaban para subirse a una bicicleta, hacer training o ir a la clase de gimnasia o pilates. Ahora, sin embargo,  están presentes a toda hora para la alegría de muchos varones.

Más rectas hacia el tobillo y en  su versión chiffon o terciopelo para la noche,  de algodón labrado y Oxford con botas altas para el día, o las clásicas achupinadas negras que tan delgadas nos hacen con botas cortas o borcegos y que se adaptan a cualquier equipo resultan totalmente irresistibles.

Es que ya no son sinónimos de estar sport porque podemos apostar al borravino con un sueter negro, a la estampada con el cárdigan de nuestro marido encima o las más jóvenes y osadas a las aleopardadas, metalizadas o bordadas con tachas para arrancar en la previa, ir a bailar y terminar en el clásico desayuno de panchos y hamburguesas a las siete de la mañana.

Encima los días de frío polar, los especialistas en preferencias femeninas crearon las “térmicas”. Esas son un pecado, porque se adhieren a la piel con esa temperatura ideal que hace imposible que nos las saquemos y a algunas, para hacerlo casi hay que intervenirlas quirúrgicamente.

Se adaptan, se ajustan, se amoldan, achatan ahí donde hace falta, disimulan el rollito y el famoso “pantalón de montar”, pone en alto lo que estaba bajando producto de la gravedad misma y disimulan celulitis, estrías y demás pequeñeces que sacan el sueño al gremio del género.

El único problema es que este romance invernal termina con los primeros calores y cuando eso ocurre y volvemos al pantalón clásico, jean, pollera o los shorcitos veraniegos e intentamos subir  el cierre nos encontramos con que engordamos en el mejor de los casos dos, tres, o cuatro kilos y ¡no nos habíamos dado cuenta!

Así que la alerta está dada, no digan que no les avisé, lejos de mí alentar cualquier psicosis sobre dietas o técnicas de adelgazamientos non santos pero a no abandonarse y estar atentas porque  recuerden que como buenas mujeres del siglo XXI ¡Tenemos que sentirnos divas  durante todo el año!