Otra lección de Mayra Arena para la clase media “sensiblona”

Mayra Arena es pobre, pero logró estudiar. Tiene todos los estigmas de la gente pobre y así lo explicó en una charla en TED  que se viralizó hace unas semanas  en las redes sociales. Pero ella, luego de su no buscada fama, solo fue a una entrevista en televisión al programa de Luis Novaresio y volvió a su vida en Bahía Blanca. Eso sí, no dejó de pensar y uno de sus últimos post en Facebook también comenzó a circular cada vez con mayor intensidad.

Mayra Arena

7 de octubre a las 18:33

Se necesitan más pobres de estos. Pobres honrados, sacrificados, pobres que están dispuestos a morir por algo que para otros siempre fue un derecho. Pobres que caminan kilómetros para llegar al colegio, a pie o a caballo, calzados o en patas, pobres que con harina, agua y sal amasan unas tortas para vender y así comprarle un poco de leche a sus críos.

La cúspide de satisfacción burguesa se alcanza cuando son los mismos pobres los que rechazan cualquier tipo de ayuda social y sólo quieren lo que toda la vida les hicieron creer que era digno: a esos directamente los ponen en las tapas de los diarios, son el pedestal moral que personifica y encarna el lema del sí, se puede.

Este brote epidémico de pobres virtuosos tiene un público receptor que espera con ansias devorar cada día alguna nueva hazaña, esa clase acomodada que de los más necesitados espera docilidad, aceptación de las desigualdades y superación de las mismas, cuentos de héroes anónimos que le ganan día tras día al sistema. Y todos estos cuentos de pequeños grandes actos heroicos –sin importar el medio que los relate– tienen entre ellos un indefectible hilo conductor: aunque los protagonistas son héroes, uno jamás se entera quiénes son los villanos.

No crean que este tipo de historias buscan calmar a una clase media culposa que sabe a ciencia cierta que la pobreza no para de aumentar. Muy por el contrario, exponer a la absoluta minoría de pobres resilientes que están seguros de lo que quieren, deja por el piso la imagen de aquellos que ya se han dado por vencidos o que quizás aún no lo han hecho, pero están ocupados buscando lo que habrán de comer esta misma noche.

A esta clase que verdaderamente se cree sensible y que se emociona viendo a los pibes ir a la escuela, no les gusta que los de abajo nos eduquemos: en ese caso reclamarían por más escuelas y mejores salarios docentes. Lo que a ellos les encanta es demostrar que son minoría los que están dispuestos a aceptar esa violenta desigualdad, y esa minoría aplaudida, muchas veces, recibe deslumbrada los elogios.

Es domingo y debería estar de mejor humor, pero tengo hinchados los ovarios de esas supuestas pretensiones de pobreza cero. Convencerse de que querer es poder, mirando a un sujeto que por determinación y constancia logró romper aquello que tenía predestinado, es aplaudir una vez y para siempre la ausencia del estado.

Tengan cuidado con sus falsos deseos, porque se les pueden hacer realidad. Tengan cuidado con compartir y halagar a los que terminaron el colegio, a los que se educaron aun cuando el estado no estuvo. Tengan cuidado porque no siempre vamos a estar dispuestos a recibir sus dulces halagos, sus elogios de cartón y sus palabras de falso apoyo.

Cuando los de abajo, los excluidos y marginados, los que se drogaron a los once y las que parimos antes de los quince pisemos sus universidades y conozcamos sus jugarretas, no nos vamos a quedar a que ustedes nos feliciten y nos den su estrellita dorada. Vamos a ir por lo que es nuestro. Y no sé cómo lo van a titular los diarios.

 

 

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