Sí, quiero

Por GABRIELA ARRECHEA.

Ya hace varios años que estamos juntos; los suficientes para que todos a nuestro alrededor- aunque ambos arrastremos matrimonios anteriores- nos consideren una pareja feliz y consolidada.

Podría no haber funcionado: yo soy madrugadora, él noctámbulo. Amo las novelas y policiales, él solo lee diarios, revistas especializadas y ensayos. Yo no entiendo nada de política, es más, casi la detesto y él trabaja de ella.

Cuando llegan las vacaciones yo adoro la playa mientras que él nunca en la vida se había comprado un par de ojotas. Decide desde el día anterior qué corbata y qué camisa va a usar y la deja preparada al lado de la cama, yo me baño cambio, maquillo, desayuno y salgo en veinte minutos. Es adicto al café y yo al agua mineral, tiene una memoria de elefante y yo, cada vez más, vivo en la luna. Él es agnóstico por convicción y yo cristiana en la práctica.

Pero al flechazo de cupido le siguieron muchas coincidencias: la locura por el chocolate, el placer de caminar horas de la mano, la compulsión a entrar a conocer las parroquias de todos los lugares, la risa cómplice ante cualquier situación graciosa en la calle, la alegría de compartir pizza y helado en la cama mirando una peli y la elección de pasar mucho tiempo con los chicos, con los tres de él y con los tres míos, que rápidamente pasaron a ser los seis “nuestros”

Por eso cuando me dijo de “formalizar”, “poner la firma” o sea “casarnos” me invadió ese desasosiego extraño que se te queda muy cómodo a mitad de la garganta para luego instalársete en el medio del pecho y para no despreciarlo seguí varios meses retardando la idea, buscando excusas y dejando pasar el tiempo hasta que la propuesta quedara olvidada por ahí.

Pero él también tiene ese aplomo y perseverancia del que espera y encuentra el momento justo para volver a la carga y bueno… no se olvidó.

Por eso con su infinita paciencia logró convencerme y persuadirme de querer. Y ahora quiero, claro que quiero. Es que me acostumbré y quiero los desayunos en la cama el fin de semana, chequear juntos en el diario qué película elegir para el sábado a la tarde, comprarle los remedios y que él me acompañe al médico.

Quiero planificar juntos los regalos de los chicos, y renegar también a la par cuando no se levantan para almorzar los domingos.

Quiero mails y mensajitos cuando el trabajo nos separa por horas y el llamado de alegría cuando llega una buena noticia y la charla frente a frente cuando algo molesta y la seguridad de que el problema y la tristeza de uno es más liviano porque al compartirlo se convierte en el desafío de ambos.

Quiero peleas simuladas para que se rían los chicos, quiero piropos finos y otros más subidos, quiero amasar las pastas y que me diga que soy inigualable y quiero llorar sin tanta angustia porque sé que su abrazo me calma.

Y quiero estar a su lado porque él me hace mejor persona y andar segura sintiendo que me conquista día a día y tener más fantasías, más proyectos, más pasión. Y saber que cada día por difícil que se presente todo va a ser más llevadero si, al abrir los ojos, me mira con esa sonrisa que me enamoró y me dice simplemente: ¡Buen día mi amor!