Juan José Becerra

El ex Excelentísimo Señor Presidente de la República Argentina e Islas del Atlántico Sur, Teniente General Jorge Rafael Videla Redondo (Mercedes, 1925 – Campo de Mayo, ?), quien fuera elegido como Estadista de la Nación por una Fuente Invisible de Razón y Justicia y debutara como tal a través de LRA Radio Nacional y LS 82 Canal 7 Argentina, juntamente con las emisoras que componen la cadena nacional de Radio y Televisión, cayó en la cárcel federal que lo apaña del tiranicidio y quebrose el húmero. Lamentable. Nadie que se precie de cristiano o ecologista puede desearle al prójimo una experiencia de dolor físico. Nadie querría que un anciano, en el crepúsculo de su vida de armas, padezca el crack óseo como se dice que se padece la tortura. ¿No? ¡Ey! ¿Si o no? Por lo que desde estas páginas francoargentinas le deseamos pronta soldadura y mejor recalcificación para poder sacudir, y ojalá que no como canto de cisne –no para firmar testamentos: no, no-, el Brazo Armado de la Ley que tantos botones apretara para decir vos sí, vos no, a vos te detengo y a vos te “desaparezco”.

Pueda ser que El Divino que lo trajo no se lo lleve así, en el dolor y en la espera de quien cuenta los minutos para que, al pasar, unan las partes separadas que se quebrantaron contra el suelo carcelario. Por favor, please, s’il vous plaît (a ver si lo entienden los organismos internacionales de “derechos humanos”): que viva cien años más, o mil. Lo queremos sano, preclaro, prohombre, y siempre en pos del bien común y la defensa de la patria, dándonos máquina con su manera de manejar el control operacional de las Fuerzas Armadas con (usemos sus palabras) responsabilidad, mesura, firmeza y equilibrio.

Pero si se muere porque el que lo trajo tiene vacantes en al Paraíso para aquellos que hicieron el bien en la primera vida, ah: lo horneamos y esparcimos sus partículas para sembrar con ellas el porvenir al que habrá de regresar para reinar nuevamente. No le faltarán laderos. Estamos en una era de florecimiento de las ideas puras. Marche un casting: el querido Virgil Peck, senador por Kansas. Que no nos confunda el nombre de pila feminoide porque su fuerte está en el Peck que pegó fuerte en los créditos de Hollywood. ¡Peck! Un apellido con ¡pim, pum, pam!: “si disparar contra los cerdos inmigrantes funciona, entonces hemos encontrado la solución”. Los chanchos inmigrantes no pasan solos la frontera; lo hacen en compañía de la mugre que les ha quedado impregnada de sus chiqueros latinoamericanos, sus pijitas espiraladas y la triquinosis que hará de los hogares de la Unión un infierno de parásitos mortales.

Bien por Virgil pero, Virgil, ¿cuál es el por qué de tu barbita recortada que intenta hacernos creer que eres un avatar de Rubén Blades, quintaescencia del latino y amigo íntimo de René Pérez, el Che Guevara de Calle 13? ¿Y cuál el de tus corbatas rojas y tus sacos verdes y tu jopo, en fin, recuperado? ¡Santo Dios, Virgil! Estás…del ojete. Debes darnos una imagen a la altura de tu dureza verbal. ¿No aprendiste nada de nuestro Videla? ¿Es que para ti no existe la Argentina? Oye voluntarioso legislador, acércate que te diré algo al oído: tú no has ganado nada.

La hostilidad del mundo nos vuelve chauvinistas. El nacionalismo: un automatismo retráctil cuando no queda otra que regresar a lo nuestro; o sea: cuando no queremos o no podemos importar y debemos golpear otra vez los portones desvencijados de la industria ideológica nacional. Y allí no encontramos al bleff kansaseano que no sabe vestirse ni adaptar sus barbaridades –sus parlamentos y también sus trajes- al marco careta de la democracia, sino a otro ex, colega soft de Videla, aunque no haya dado grandes golpes sino un golpecito, luego de varias elecciones que impusieron su nombre y su estilo tribal, para asaltar el poder con su gabinete de eminencias formadas en el tráfico legal de pobres: Eduardo Luis Duhalde, autodenominado piloto de tormentas (fomentadas por el piloto).

A diferencia del republicano de Kansas, el de Lomas de Zamora reprime las barbaridades que lo llevarían, como quisiera, a ciertas soluciones finales. Pero de todo lo que reprime vemos hacerse presente la materia que distingue al reprimido: las cosas dichas a medias, las traducciones de un campo de discurso a otro y la actuación que nos regala una  comedia de actor malo. Habituado a las tertulias con punteros escudados en la “marchita marchita”, precursor del choribús y alma mater así como pater noster de la cartelización de las fuerzas vivas bonaerenses, Duhalde sufre por no poder hablar en su idioma básico: el de las órdenes impartidas a una comunidad de capataces que cuentan las cabezas antes de la yerra.

Da un poco de pena verlo en las pantallas tratando de hablar en un lenguaje intersticial que lucha para no revelar sus intenciones. Entre uno y otro gesto de fastidio (por tener que explicar y no poder hacerlo; y por querer memorizar las frases hechas que se le escurren de la memoria cabezona) se cuela el idioma publicitario al que, ordenando bajo el concepto general de “Orden y Paz”, un programa que suena a música vaticanista, siempre la falta lo mismo: el contenido. Pero también ocurre que entre una palabra y otra, siempre deslizadas a favor del engaño que nos quiere hacer creer que quien habla es o ha sido un estadista, se filtra la incomodidad del cuerpo acomodado a las patadas en un hábitat de lenguaje. Así estamos. Para dar el salto democrático debemos abandonar al querido general quebrado y sus brutalidades habladas –de las otras ya no hay- y reemplazarlo por alguien que haga el esfuerzo de convertir la mano dura en una cosita blanda.