El ajuste en un país normal

    Por ALEJANDRO MARCÓ DEL PONT

    “En un país normal no deberían existir las discusiones paritarias”, sostuvo el titular de la Unión Industrial Argentina (UIA), Héctor Méndez, hombre acostumbrado a que si no hay paritarias, las quitas salariales se realicen por decreto y, si fuera posible, por acto gracioso del Rey.

    Lo interesante de estas afirmaciones no son los dichos en sí sino la necesidad de colocar en la sociedad la retorica de la austeridad. El gobierno entrante tendrá que realizar un ajuste. La magnitud y la celeridad con que se ejecute es el tema a instalar, pero la austeridad deberá ser para ese entonces un mensaje arraigado.

    Al igual que en las épocas preliminares a las privatizaciones, el discurso es el mismo: “Vivimos por encima de nuestras posibilidades”, aunque no queda muy claro cuáles son tales posibilidades y a quién incluye el pronombre posesivo ‘nuestra’.

    Para los economistas representantes del país normal, Argentina se encuentra en el peor de los mundos, según veremos a continuación, suponiendo que nuestro planeta se encuentre cercano al Olimpo, lugar suficientemente alejado de donde los organismos internacionales intentan, con vanas incógnitas, maquillar el paupérrimo crecimiento internacional.

    El Consejo Interamericano de Comercio y Producción (Cicyp), es una asociación civil sin fines de lucro, fundada en Montevideo, Uruguay, en junio de 1941, cuya misión es promover y defender los principios de la empresa privada y la iniciativa individual. Según consta en el perfil institucional de su propia página, fue la organizadora del almuerzo empresario en un prestigioso hotel de la capital argentina bajo el nombre “Perspectivas económicas”. Rodeados de empresarios, un trío de economistas neoclásicos noventistas imprimieron lo que será el discurso dominante de la oposición, libreto no guionado por los panelistas sino por los empresarios que solventan sus consultoras, dándole una apariencia de seriedad científica a la misma composición que naufragaron en los años noventa y que han dado lugar en fechas recientes a resultados más que desastrosos en los países del Mediterráneo.

    Y no obstante esta evidencia abrumadora en sentido contrario a sus conejos, prosiguen con la misma lógica, y peor aún, con las mismas soluciones, sin cambiar ni siquiera la terminología. “Señores, lo que hay que hacer es lo políticamente incorrecto”. “La solución tiene que venir dentro de un plan económico serio con congelamiento del gasto público y, como mínimo, echar a toda La Cámpora“. Cirugía mayor, ajuste, equipo económico como el Domingo Caballo, las paritarias son fascistas, e inclusive definiciones políticas similares a las del golpe de estado de 1976 como: “Esta orientación marxista de la política es un programa que dificulta el triunfo de la oposición” (http://goo.gl/Uyv0rb).

    La estrategia de avanzar sobre el discurso de la austeridad coincidió con el informe Perspectivas Económicas regionales del FMI, que obviamente fue tapa del diario La Nación, con las recomendaciones incorregibles de ajuste fiscal y devaluación. A esto se unió inmediatamente un coro de economistas salidos de la convertibilidad y con frases más conocidas en nuestra historia, como ajustarse el cinturón, devaluación para crecer, gasto publico desbordado, la fiesta fiscal, etc.

    Los problemas con el déficit fiscal como consecuencia de las despilfarro del gasto de los gobiernos populistas no son nuevos para los economistas del establishment; la dificultad que se suele presentar ante este discurso es que fiesta, como veremos, hubo siempre y en todo el mundo, y que el inconveniente se encuentra en quién la organiza y quiénes se divierten en ella. Por ejemplo, los EE.UU. durante 74 años (1940-2014) han tenido solo 12 con superávit (1947, 1948, 1949, 1951, 1956, 1957, 1960, 1969, 1998, 1999, 2000 y 2001) y 62 años de dispendio, que al parecer no se encuentran en las generales de la ley ni en la semántica del populismo.

    Pero los juglares del ajuste y del déficit, del dispendio y la seriedad, quizás tienen razón. Cuando los políticos profesionales con orígenes similares de familias tradicionales, estancieros y miembros de clubes selectos, como el Club de Armas o la Sociedad Rural, manejaron en su mayoría el poder de mediados de 1880 a 1914, tuvieron algunas fiestas pero no fueron calculadas como despilfarro. Endeudamiento monstruoso, especulación financiera con células hipotecarias que proveían grandes ganancias con devaluaciones, o conquistas del desierto con préstamos internacionales, en la que, antes de emprenderse, 10.000.000 de hectáreas ya tenían dueño, casualmente amigos locales y extranjeros.

    Los países normales toman deuda, como la de Baring Brother a través de la legislatura de la provincia de Buenos Aires, sin facultades para hacerlo, pero es permitido, al igual que desviar los fondos de sus fines primarios, dando préstamos regalados a terratenientes, comerciantes y financistas. La deuda pública creció 476% de 1882 a 1913. De 1884 a 1914 los déficits sobrepasaron la media del 14% del PBI.

    La Primera guerra mundial tuvo sus consecuencias para el país, lo que no quita la temática populista y despilfarradora del gobierno radical. Amante del gasto público, el sistema de patronazgo como mecanismo de clientelismo político se dedicó a incrementar el gasto gubernamental, aumentando los salarios y las pensiones. Reorientó la política impositiva con gravámenes que afectaban a grupos de propietarios y sectores económicos dominantes. Un ejemplo de atrevimiento e incoherencia, indigno de un país normal, fue mandar al Congreso de la Nación un proyecto de impuesto a los réditos, rechazado por los normales senadores que tenían mayoría en la cámara alta.

    Podríamos también probar con los años treinta del siglo pasado, puntapié inicial de la normalidad con un golpe estado. Como si fuera coincidencia, en las elecciones de 1931 un general retornaba a la presidencia después de Roca. Agustín Justo, quien tenía como compañero de fórmula a Julio Argentino Pascual Roca, el mismísimo hijo de Julito Roca. Y una nueva coincidencia: el lema de la campaña electoral era “El retorno a la normalidad”.

    Este retorno derivó en la llamada Década Infame, plagada de corrupción, que en honor a la normalidad no comentaremos. Pero para los desmemoriados el control de cambio se implementó fuertemente en la época con la “Comisión del Control de Cambio” que se encargaba de fijar el valor de las divisas y otorgar permisos de cambio (cepo cambiario) dando prioridad a la deuda externa y las importaciones, dejando en último lugar el de envío de residentes en el extranjero y necesidades de viajeros. Por suerte no exilian a las caceroleros.

    Por su parte, el peronismo, el más anormal de los gobiernos, tipo cerebro trasplantado a Frankestein, se dedicó a nacionalizar cuanta locura le cruzaba por la cabeza, elevando el gasto público y el déficit fiscal de manera cíclica, anquen los déficits fueron una constante en el gobierno populista. Las políticas de ingreso respondían al principio de “justicia social” con un sistema tributario más progresivo.

    Como se ve, los déficits han sido una constante en la historia, y todavía nos quedan por revisar tres pilares de la normalidad, Juan Carlos Onganía, El proceso de Reorganización Nacional y el menemismo. La revolución libertadora tuvo un déficit de más del 3%, si tomamos hasta Lanusse, es decir, 1966-1972. La deuda se incremento en un 46%, y si bien Krieger Vasena no apuntaba todavía a transformar la estructura de la economía argentina, comienza a perfilarse programas liberales en donde las exportaciones son la base del modelo, por lo que el salario pasa a ser un costo más que deberá reducirse para ganar competitividad. (Aunque la frase suena a Mauricio Macri, no es de él).

    La dictadura militar, uno de los reyes de la normalidad, tuvo una tasa media de déficit entre 1976–1983 de más del 5.60%, una de las más elevadas de la historia. La deuda se incrementó 465%. Y el gasto público no descendió, sólo cambio su composición, ya que los gastos en personal, educación y salud, descendieron mientras el de armamento aumentó. Con posterioridad, los intereses de la deuda carcomerían los ingresos, elevando el déficit con intereses por encima del 10% del PBI.

    Pero esta época no se encuentra ingresada en la anormalidad por la simple razón que modificó la estructura productiva argentina y disciplinó al sector laboral. La participación del salario pasó de representar en 1974 el 45% del ingreso nacional al 26% en 1983. La pérdida salarial rondó el 40%.

    El menemismo profundizó la desigualdad y la estructura productiva. A pesar de vender hasta el sillón de Rivadavia, sólo tuvo superávit en tres años 1991, 1992, 1993, debido al ingreso de fondos por privatización. En cuanto se agotaron, los déficits emergieren como hongos, destruyendo el empleo, desmantelando la industria y multiplicando el endeudamiento, aunque, claro está, se podían comprar dólares, como en cualquier país normal.

    El kirchnerismo, al igual que el Frankeisten peronista del cual toma su ADN, tuvo sus días normales con superávit entre 2003 y 2009 y déficit durante los años restantes. Cuanto tubo superávit fue denostado, y cuando tuvo déficit, más. De todas maneras la deuda externa cayó a límites inimaginables, el empleo aumentó, la distribución del ingreso mejoró y el gasto público creció de manera sostenida.

    Como vimos, la historia argentina está plagada de déficits fiscales, de incrementos del gasto y de endeudamientos desmedidos que atentan contra el superávit cuando hay que devolver los préstamos, aun y cuando sea dudosa su asignación y los objetivos que lo llevaron a tomarlo. Lo cierto es que cuando les convino a los empresarios, financistas y grandes corporaciones agrarias, ninguno de estos indicadores fue relevante ni denostado, sobre todo cuando las deudas en dólares pasaron a engrosar el endeudamiento público. Con un dólar fortificado en el mundo, con tasas de interés futuras mayores, commodities a precios menores, el destino de la Argentina y de su establishment es un nuevo ciclo de endeudamiento. Por lo tanto, modificar el tipo de cambio para ingresar al mercado de capitales, endeudar el país y retraer los salarios para que la economía sea competitiva, parece cosa juzgada.

    Lo raro es que a pesar de habérselo pedido a este gobierno durante más de seis años, el país no anda tan mal como el resto del mundo. Lo que demuestra que el discurso que será oficial está en consonancia con un país normal. Los déficit fiscal y los dispendios del gobiernos existieron siempre, el problema es quien se queda con los fondos.