Payadores como los de antes, Milonga para Gabino

Publicado el 25/10/1996

¡Buenos Días! ¿Cómo anda? ¿Tiene ganas de hacer memoria? Yo también. Básicamente esa memoria particular que consiste en recordar aquello que todos olvidan. Hay quienes sostienen que los argentinos somos “rápidos” para el olvido, sobre todo cuando de memoria colectiva se trata. Puede ser, aunque esta es más bien una característica universal, mucho más apegada a la idiosincracia humana que a las esencialidades de cada pueblo. Y en este octubre tenemos varias oportunidades de ejercitar nuestras evocaciones. Por ejemplo en dos fechas específicas: el 12 y el 17. Charlemos un poco sobre ellos -antes de jugarlos a la “cabeza”-, y recordemos, en principio, que mientras el primero reúne tres acontecimientos, el 17 es puntual y, tal vez, el más recordado. No vamos a hablar, hoy, de él, aunque no faltará oportunidad de hacerlo en nuestras charlas futuras. En cuanto a los hechos del 12 hay dos de inmediata consideración: la circunstancia de que los europeos se anoticiaron de la existencia nuestra, y la primera asunción de Don Hipólito Yrigoyen como presidente constitucional de los argentinos, allá por 1916, en la primera ocasión en que la ley “Sáenz Peña” -voto universal, secreto y obligatorio- se aplicó a nivel nacional, permitiendo revelar la auténtica voluntad popular. Ese mismo día, en el único momento triste de la jornada, el “Peludo” -¿Se acuerda que así lo denominaban a Don Hi¬pólito?- se enteró de la muerte de Gabino Ezeiza, el payador radical, tan inmortal como su “Heroico Paysandú” (alguna vez charlaremos sobre esta ciudad oriental y el porqué de tan merecido calificativo), improvisado en una payada de Juan de Nava, en un boliche montevideano de San José y Florida, como lo memora ese inmenso amigo nuestro -a quien tanto queremos-, Horacio Ferrer, en su obra “El libro del tango”. Casado con una nieta del “Chacho”, Angel Vicente Peñaloza, seguidor de Leandro Alem primero y de Hipólito Yrigoyen después, leal a ambos como pocos, orgulloso de su raza y de su negritud, regente de su propio circo criollo -el “Pabellón Argentino”-, fre¬cuentador de los boliches bohemios del Buenos Aires que transitaba entre dos siglos, nacido un 3 de febrero -¿fecha premonitoria, acaso?- de 1858, federal hasta los huesos, Gabino fue un símbolo, un hombre pegado a una guitarra que nunca calló. Y también su deceso fue significativo en cuanto a la fecha: falleció el mismo día en que el triunfo popular, -por el que tanto había luchado con su arma preferida, las seis cuerdas de su “vigüela; se cristalizaba. Como si la alegría no le correspondiera, como si “renunciara a los honores, pero no a la lucha” (la mujer que sostuvo esto varias décadas después, estaba hecha, sin duda, de la misma madera que Gabino y su guitarra). Don Hipólito dijo, en aquella ocasión, según lo rememora Félix Luna: “!Pobre Gabino! El sirvió”. Y así era, había servido a la más noble de las causas: la de un pueblo. Por eso queremos recordar hoy lo que menos se recuerda en este octubre primaveral. Tal vez, por otra característica -no plausible, precisamente- del espíritu humano: la ingratitud. Pero así somos nosotros, los humanos, querido amigo: Para remediarlo, o intentar hacerlo, un grupo de amigos, entre ellos los de la Asociación Gardeliana -con el empuje de Segismundo Holzman-, Ricardo Pstuni, Horacio Salas, los payadores José Curbelo y Roberto Airala, los cantores Roberto Rufino, Néstor Fabián y Oscar Ferrari, entre otros, y el nieto de Gabino, Jorge Gabino Ezeiza, colocaremos una placa en la esquina del “Café de los Angelitos”, aquel “bar de Gabino y Cazón” como lo bautizara el inmortal tango de otro grande: Cátulo Castillo. Para esa ocasión compuse una milonga que le obsequio como primicia (será recitada por quien le habla -o escribe-, por primera vez en esa jornada). Son versos “fresquitos” y mucho me alegra, sinceramente, que sea Usted, así con mayúscula, el primero en conocerlo. Gracias, por escucharme. Hasta la próxima.

 

Milonga para Gabino,

el trovador inmortal;

ser morocho y ser leal

fue por siempre su destino;

no se va por donde vino

quien llegó para cantar

si es el alma popular

la que anida en su vigüela,

paleando, aunque le duela,

peleando sin aflojar.

 

El verseador que es historia,

como aquel urutaú,

vio en su llanto a Paysandú

transitando hacia la gloria;

fue del pueblo la memoria

tensada en hueca madera,

como si guitarra fuera

el dolor de los humildes,

que le va poniendo tildes

a la esperanza que espera.

 

Payador de los valientes

que a Don Leandro rodearon,

de aquellos que no callaron

ni fueron indiferentes,

luchando en todos los frentes,

porque la lucha es la vida

que a la victoria convida

con la guitarra que empuja,

y el canto que se apretuja,

en la garganta querida.

 

Y es el canto radical

que el gladiador apuntala,

andando siempre en la mala

pero firme en su ideal;

un mensaje visceral

que le consume la vida;

cuando el Peludo decida

la taba caerá en suerte,

pero antes llega la muerte

diciendo: “misión cumplida”.

 

Es la milonga inconclusa,

que aún no ha terminado,

con pueblo desafinado

en una historia difusa;

pero su voz es la musa

que anda en lo que se ha ido,

voz del Gabino sentido

que suena desde la nada;

es su úlitma payada

y el tiempo será el vencido.