Adolescentes en apuros

Por GABRIELA CHAMORRO.

Mi panorama es de lo más variado: una obra de teatro de Alejandro Casona, varios cuentos de Edgar Allan Poe, Arlt, Gianni Rodari y Silvina Ocampo entre otros, conjugación de verbos y análisis sintáctico. En otro momento del día trato de entender la Ley de la Conservación de la masa, intento descifrar para qué puede servir al detalle el funcionamiento de una fábrica de cal y otra de vidrio o en que se diferencian un sólido amorfo de uno cristalino
Lo que más se me complica es entender la consigna de «generar una semifiguración a partir de la distorsión de elementos reales» y peor aún resolver alguno de los kilométricos problemas de Pitágoras o los ejercicios gramaticales de Inglés, de los cuales mejor ni hablar.
Pero es mi realidad, es el regalito anticipado que Papá Noel me dejó en el arbolito, porque el «nene» se llevó cinco materias… cinco benditas materias.
Y aunque la psicopedagoga lo justifique diciendo que es el salto de la primaria a la secundaria, que son las hormonas, que es la preadolescencia -que me está «adolesciendo» más a mí que a él- yo, que soy la madre sé cuál es la cruda verdad. Lo cierto es que navegó 16 horas a la semana, lo que hace la friolera cantidad de 608 horas de clases perdidas al año, que ahora pretende recuperar en cuestión de días y por supuesto con la ayuda de su querida mamá a quien desoyó todo el largo ciclo lectivo.
Por suerte, para no sentirme tan sola, sé que hay miles de mujeres en esta misma cruzada. Y la verdad es que esta columna se transformó hoy más en un desahogo que otra cosa, ya que no se me ocurre ni consejo, ni cábala, ni siquiera un cantito de aliento para acompañarlas en este reto.
Igual ayer, cuando estaba a punto de asesinarlo y dejarlo enterrado entre apuntes y libros para que «se arregle solito», me miró con esos ojos celestes que me pueden, que me desarman, que me… derriten y me contestó bien cada pregunta que le fui tirando como un ping pon de «Feliz Domingo». Y ahí me autoconsolé fácilmente y me dije a mi misma: «Por lo menos no es tonto, solo es vago».