Domingo especial

Por GABRIELA CHAMORRO.

Una camisa de seda, un vestido rojo divino y un pack de cremas y lociones para mimarme. Pero los regalos no llegaron el domingo, me los dieron apenas los compraron, el martes anterior… porque la ansiedad que heredaron de quién sabe quién, no les permitió esperar hasta el día de la madre.

Ese día sí, muy temprano, a horas que nunca escucho sus pisadas ni sus voces se aparecieron con una sonrisa de sueño y una bandeja pesada con el desayuno y la cartita. La bandeja venía repleta de chocolates (mi perdición) yogur light (con el que me autoengaño cada tanto), las tostadas de mi pan preferido con semillas de girasol, dulces y quesos cremas varios y el vaso de jugo de naranja con jengibre exprimido por Facundo (exprimido y colado, me aseguró)

Apenas un poquito más tarde llegaron los sucesivos mensajitos al teléfono con saludos de parte de amigas y amigos, parientes, compañeras de trabajo, todos testigos y consejeros de mis anécdotas sobre ellos, desde hace ya casi ¡¡¡¡veinte años!!!!

Casi antes de darle el primer bocado a la tostada mi cara de dormida y mis pelos revueltos ya estaban escrachados con la blackberry de Julieta y subidos a la web a través del facebook seguidos de “Me gusta” y comentarios de lo más piadosos a pesar de mi estado lamentable y saludos de las amigas de mis hijas, a quien tantas veces cuidé y aconsejé como propias.

A media tarde un mensajito de mi hijo mayor, bueno, mi hijo del corazón que vive con nosotros me desarmó con su ternura.

Y un almuerzo especial y un postre especial y la visita de mi amiga María Elena con su adorable hija Melina para compartir el día y el recuerdo de anédoctas y momentos graciosos.

A la tarde todos juntos, los cinco hermanos en lo de mamá, con mis cuñadas y cuñados y un mundo de sobrinos y de gritos.
Ya sé que todos critican que es un día impuesto, un día comercial, un día que causa tristezas a muchos al extrañar a quien ya no está, pero para mí no es un día más, lo espero con más ganas que las Fiestas o que mi cumpleaños.

Será que desde ese 4 de abril hace dos décadas atrás en el que Candela me miró con sus ojos inmensos tuve esa sensación de paz de saber con certeza que nunca, pero nunca más iba a estar sola y que en ella y sus hermanos siempre va a latir un pedacito de mí.