El hacedor de letras para los hombres

Las notas de Oscar Sbarra Mitre, publicadas en El Ciudadano, para su sección “Haciendo el Verso”. Esta nota apareció en la edición del 22 de noviembre de 1996.

A poco de iniciado el “año de Homero”

¡Hola! ¿Cómo anda? ¿Con ganas de charlar un rato? Le confieso que yo también. Y hoy quería conversar sobre un aniversario puntual. Mire, le cuento. Los santiagueños, comprovincianos de Homero Manzi, me han hablado para comenzar los actos celebra­torios del noventa aniversario de su nacimiento, esto es, el primero de noviembre de 1997. Usted dirá que falta casi un año, y es cierto. Pero ellos proponen el “Año de Home­ro” que comenzó el primer día de noviembre de este año y culminará en esa fecha. Claro que se podría pensar como exagerada una memoración tan extensa para un “letrista” popular. Sin embargo, en la medida que abarquemos en plenitud la figura de Manzi –Nicolás Homero Manzione Prestera, su verdadero nombre y apellido- no sólo nos daremos cuenta del enorme vate que “habitaba” en él, sino que lo veremos como escritor, director de cine, ensayista y, en su faceta no más ignorada pero sí más silenciada -por motivos casi obvios, que son los mismos que explican la existencia de dos historias: una “oficial” y otra “maldita”-, como político, idealista, defensor de la noble causa del pueblo, hombre del yrigoye­nismo, de FORJA y del peronismo, sucesivamente en el tiempo y simultáneamente en la ideología, es decir, circulando por la vida con el común denominador del compromiso con su gente y con su patria. “Prefiero hacer letras para los hombres a ser un hombre de letras”, le solía repetir a su entrañable amigo, don Arturo Jauretche. Por ello renunció a un cómodo sitial en el “Olimpo” de los literatos “célebres” para continuar siendo un luchador por los humildes y los desheredados. Muchos protagonistas de lo mejor de nuestra historia, muchos de nuestros auténticos paradigmas, emprendieron igual senda. Basta, tal vez, como ejemplo, mencionar a don Raúl Scalabrini Ortiz, despreciando una vida plagada de agasajos y honores -no hubo muchos escritores en Argentina que pudieran enorgullecerse de lanzar cinco ediciones en pocos meses de una obra, como sucedió, allá por principios de la década del ’30 con “El hombre que está sólo y espera”-, para dedicarse a desentrañar la perversa y sutil presencia del imperialismo británico en la vida nacional. Homero merece, pues, el homenaje de sus compatriotas, más que al poeta al hombre comprometido, al luchador, al fiel intérprete de los anhelos de su pueblo. El, que supo unir en un lazo de amor y belleza poética su Añatuya natal y su Pompeya cotidiana, es casi una síntesis del más puro sentimiento argentino. Merece nuestra adhesión y nuestro homenaje. No lo dejemos “con el alma en ‘orsay’, no lo releguemos al olvido, sobre todo en estos tiempos donde nuestra mayor carencia son los ejemplos, a juzgar por lo que nos presentan los grandes medios masivos de comunicación. Por eso quería recordarlo. Y, como siempre, lo hago con la acostumbrada poesía: esa que usted, querido amigo, tan estoica­mente “soporta”. Debo confesarle que Homero Manzi me ha atraído permanentemente. “Magnéticamente”, diría. Es tanto un referente como una fuente de inspiración; permanente, como decía, en ambos casos. De las varias poesías en las que lo he tomado como eje quisiera rescatar esta milonga -un género que le era tan caro- escrita hace más de cinco años, en ocasión de evocarlo en el cuarenta aniversario de su muerte, acaecida el 3 de mayo de 1951, como consecuencia de una trágica enfermedad. En el escenario del hermoso teatro de la calle San José, donde el personal superior de las compañías eléctricas tiene su sede, recitamos por primera vez estas estrofas que ahora le ofrezco. Gracias por escucharlas. Hasta la próxima. Gracias, un abrazo.

 

HOMERO NUESTRO

Vos lo sabías, Homero

-y por eso tu nostalgia-

que la vida nada vale

si no puede ser soñada;

y soñaste en Buenos Aires,

en noches y madrugadas,

por las calles de Pompeya

que te llenaron el alma.

 

Por la esquina del herrero

ya solitario vagabas,

y en Tabaré y Centenera,

cabalgando al Manoblanca,

encontraste ese farol

que ante el tren se balanceaba,

un tren de luna y misterio,

en la barrera ignorada.

 

El sur de la larga historia

las ansias te transitaba,

Cátulo y Discepolín

era en tus ojos que estaban,

velando por tu poesía,

alumbrando tu mirada,

iluminando a Estercita

y al carrerito de marras.

 

Las pasiones transitorias

te tiñeron las jornadas,

las de la vida en orsay,

la esperanza suicidada,

y los sones quejumbrosos

de entristecida barriada,

donde ya nadie dejó

el amor en la ventana.

 

Hombre, sí, de Leandro Alem

y de sombras que acompañan

al mulato de la negra

traidora por oro y plata,

al tiento del metejón,

a la vecina tan pálida,

y a la Malena con penas

que como ninguna canta.

 

Homero nuestro y de todos,

del amor que se desata

en los rincones queridos

de Buenos Aires noctámbula,

en militancia forjista,

del tiempo como si nada,

y en los anhelos de un pueblo

que hacia el destino avanza.

 

La historia que no perdona,

pero que tampoco alcanza,

te transformó en emisario

de la amargura olvidada,

de los pesares del barrio

y de la arena que clama,

desde los tiempos pasados

los perfiles de la hazaña.

 

Y de aquellas epopeyas,

que vos, Homero, cantaras,

nos quedaron para siempre

memorias cristalizadas,

las angustias insolubles,

las tristezas tan pesadas,

y la congoja infinita

de tu ausencia y de tu drama.